Y el infierno era la sala de cine, queridos lectores: el dolor en la silla, la sensación de que el tiempo, esa joya tan preciosa, se escurría, y las ganas enormes de que los 90 minutos concluyan precipitadamente o que el proyectista tenga un subidón de amor propio y, faltando a sus principios deontológicos, desenchufe la máquina y salga al pasillo y honradamente devuelva los euros a los espectadores. Luego se agradecerán. Y no escribe más porque de cuando en cuando apetece escribir veinte líneas en lugar del habitual desparrame semántico que tanto agrado me produce y al que aboco inevitablemente mi natural cinefilia. Mucho es esto. Poco se merece. Nada. Silencio. No tendría que haber escrito esta reseña. No tendría que haberme tragado metraje tan bochornoso. Hecho está. Aviso regalado.
Lo mejor: Que alguien, al leer esto, se plantee ver Sunshine o 300 o Diario de un escándalo, que están en cartel todavía. Y si ha visto las tres, que se quede en casa o salga a pasear con la novia por las avenidas arboladas de su pueblo o alquile en el videoclub El hombre que mató a Liberty Valance. ¿ Que la tiene ? Pues amortice los euros y abra la bandeja del dvd y deposite la joya. El cine es maravilloso.
Lo peor: Que se publicite como se está publicitando y se tenga la impresión, habida cuenta de los atractivos de la trama ( infierno, demonios, antropólogos abducidos por el mal )y del tufillo a actores medios decentes ( y americanos ! ) de la producción.
