El buen pastor es una película honrada y serenamente rodada (hasta excederse sin pudor en su metraje), que a diferencia de Munich se torna amarga y dolorosa en su resolución final, sin dejar resquicio a esperanza alguna. Los empleados de Dios.

★★★☆☆ Buena

El buen pastor

Munich y El buen pastor comparten (no es peregrino que ambas propuestas lleven la tinta de Eric Roth) algún que otro aire de familia, especialmente por su voluntad por humanizar -sin caer en la justificación moral- la vida de servicios de inteligencia tan oscuros y presumiblemente terroríficos como la CIA o el Mossad. Y lo hacen sin subrayar en exceso su mirada sobre la trama histórica o política, sino más bien declinando la cámara hacia las consecuencias emocionales que las actividades de estos individuos engendran, como un terrible leviatán que devora todo resquicio de humanidad en ellos, llevándose tras de sí amor, familia y amigos. La virtualidad de la vida del agente deviene en real, y la vida privada, supuestamente real y feliz, se muestra como una sutil mentira que mantener a mayor gloria del poder que la protege.

El buen pastor, sin embargo, plantea ese dialéctico binomio vida real-vida aparente (sumado al de verdad-falsedad y confianza-traición) no como metáforas que puedan aplicarse tan sólo al mundo emocional de sus personajes. Por el contrario, De Niro pretende a través de estos binomios hacernos reflexionar sobre la naturaleza del poder, ejemplificado en uno de sus más eficaces empleados: la CIA (Agencia Central de Inteligencia), creada en 1947, a partir de la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), fundada por “Wild Bill” Donovan, católico irlandés, interpretado por el propio De Niro. Una Agencia alimentada por la futura cream de América, compuesta casi exclusivamente por hombres blancos pertenecientes a la ‘Ivy League’ (asociación elitista de ocho universidades de la Costa Este), considerados como lo mejor de Estados Unidos.

En El buen pastor se vislumbra la tesis según la cual es desde esta élite aristocrática, mercantilista y con tintes cargados de cierto integrismo religioso, donde se construye el poder de los Estados Unidos. Sin embargo, De Niro debe moderar su discurso crítico (¿por atender a una taquilla patriótica?, ¿por presión de los productores?, ¿por autocensura?, ¡quién sabe!) y permite licencias políticamente correctas, mezcladas con lúcidas reflexiones de acertada amargura. Entre aquellas encontramos la recreación light del controvertido personaje del creador de la CIA, que se perfila más como un anciano enfermo de gota y benefactor del pueblo americano, a favor siempre de la democracia frente al poder totalitario de la Agencia.

Pero esto no desmerece si tenemos en cuenta las reflexiones presentadas en escenas tan reveladoras como la entrevista al italoamericano (excelentemente interpretado por un envejecido Joe Pesci), en la que James Wilson revela que América es para los americanos (blancos y ricos, temerosos de Dios), y no para los inmigrantes, meros visitantes sin decisión (no olvidemos que el propio De Niro es de origen italiano). O ese triste pero revelador final, en el que un impasible (soso hasta caminando) Damon quema sin pudor la carta que su padre escribió antes de suicidarse. De Niro sabe que la realidad –la creada por el poder establecido, esa que devora a sus empleados sin remisión posible- se impone (¡nadie puede pedir cuentas a Dios!). Sabe que Wilson elegirá seguir bajo el calor de la Agencia, reproduciendo la farsa hasta su muerte, antes que volver a su vida, esa de la que ya casi no recuerda nada, exceptuando el recuerdo de ese amor verdadero de juventud. Por eso le devuelve la cadena a esa radiante Martina Gedeck (vista también en La vida de los otros). Por eso esboza esa sonrisa irónica al leer en la puerta del edificio de la recién renovada Agencia esa cita bíblica de San Juan (8, 32): “Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Y por eso el último fotograma esboza la fría figura de Wilson hundiéndose tras esa colmena de oficinas.

El buen pastor es una película honrada y serenamente rodada (hasta excederse sin pudor en su metraje), que a diferencia de Munich se torna amarga y dolorosa en su resolución final, sin dejar resquicio a esperanza alguna. En ella nadie se redime, todos aceptan sin pestañear –como si de una tragedia griega se tratase- su papel en el mundo que la Agencia les ha dictado. Hasta el profesor de poesía prefiere seguir su destino a regresar a sus clases en la Universidad. Sólo los personajes femeninos parecen ser conscientes del sacrificio que supone una vida así, o viven ajenos a su maquinaria destructiva. La mujer de Wilson –una Jolie más que correcta- detecta desde el principio el pacto que sellaba casándose con un empleado de Dios. Y ya tarde huye; sólo la distancia evita ser devorada por el insomnio y el desamor.

En Munich, Spielberg (y con él Roth) prefiere abogar por una resolución más idealista y comprometida. En El buen pastor nadie puede huir, porque Dios es omnipotente, omnisciente y tiene el don de la ubicuidad. No hay huecos para la confianza que el padre de Wilson rogaba (como una plegaria) a su autista hijo. Quizá De Niro deja demasiado oxígeno al espectador al dejar vivir al hijo de Wilson. Quizá todos debieron pagar el precio de ser alguna vez humanos.

Por cierto, un guiño musical idóneo el de la escena en la que unos niños cantan a coro ‘You have the whole world in your hands’ (‘Tienes el mundo entero en tus manos’) mientras los dos agentes (de la CIA y de la KGB) conspiran sobre el futuro del mundo. Y estupenda la cita de la Metamorfosis de Ovidio:

“De tus deseos serás dueña. Yo de polvo cogido le mostré un puñado: cuantos tuviera de cuerpos ese polvo, tantos cumpleaños a mí me alcanzaran, vana, le rogué. Se me pasó pedir jóvenes también en adelante esos años: éstos con todo él me los daba, y la eterna juventud, si su Venus padecía.”

Los que decidieron ser empleados de Dios saben que nunca podrán mirar atrás, nunca sabrán cómo lloran los ojos, ni cómo se ama sin red, ni cómo sabe una copa compartida con los amigos. El Estado (el buen pastor) debe ser frío y cruel, impasible a cualquier deseo, si quiere que sus hijos (sus inocentes ovejas) puedan dormir tranquilas y calientes en el establo que las protege. Aunque esta ley nos encoja el corazón e indigne nuestro sentido de la justicia, todos y cada uno de nosotros somos en mayor o menor medida empleados de Dios por miedo a perder su asilo y protección.
publicado por Ramón Besonías el 15 abril, 2007

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