La teología es un tesoro inagotable de esqueletos narrativos para autores sin imaginación.

★★☆☆☆ Mediocre

La cosecha

No sé que crítico decía que las obras nuevas no se inventan de la nada, son malas relecturas de las viejas. Hay quien manosea a los predecesores porque cree que puede mejorarlos. Por ejemplo “La cosecha” es la relectura de un espectador que se quedó con ganas de despacharse con el niño orejudo que hace de Demian en “La profecía”. Esa espina podría explicar media película. El final no. El final pertenece a la moda “poker” del cine de hoy, que consiste en sacar una carta de la manga que le da la vuelta a todo lo que creíamos, la mujer del alcalde no es su mujer, es un travesti, el pueblo no es un pueblo, está pintado… Todo, con tal de sorprender.

Un test seguro para distinguir cuando te cuenta la historia un director inteligente y cuando te la cuenta un tonto es como el protagonista descubre la verdad. La verdad puede venir de la mano de un científico con melena blanca (el camino rápido), de un moribundo, de un cotilleo, de un ordenador, de un secreto que nadie debería saber (esta suele ser la más fiable). Los protagonistas inteligentes filtran lo que oyen, discuten, se resisten a creer. El director de “La cosecha” ha elegido un atajo más corto aún que el del científico de la melena blanca: ha elegido la mesa de montaje. Yo todavía no sé si felicitarle por el morro que le echa o decirle que se vaya a hacer gargaras. No tiene desperdicio, la protagonista se entera de la verdad de la historia porque el montador le pone delante la secuencia de los hechos tal como ocurrieron. Nadie habla, nadie explica, aparecen las escenas y ya sabemos que fue así.

La protagonista es una profesora universitaria que estudia milagros para darles una explicación científica. Había sido misionera en África, pero una tragedia le hizo renegar de su fe. Ahora la llaman de un pueblo, Haven, donde unos fenómenos paranormales apuntan a que una niña es la encarnación del diablo.

Los havenenses, o haveneños, no me sé el patronímico, están sufriendo una por una las diez plagas bíbilicas. La lista de las diez plagas es igual de socorrida que la de los siete pecados capitales, o los cuatro evangelistas. La teología es un tesoro inagotable de esqueletos narrativos para autores sin imaginación.

Conscientes o no del dolor de cabeza que significa su propuesta, los autores han puesto todo de su parte para que al menos no resulte indiferente. Haven es el lugar donde se libra la batalla entre el bien y el mal. Allí es donde se decide si el demonio va a dominar el mundo y por tanto nos van a subir todavía más el recibo del teléfono, o si Hillary Swank va a salvarnos de tener que hacer cola en la ventanilla del banco. Me pregunto por qué el demonio elige formas tan raras en las películas cuando uno se lo encuentra en cada esquina con ropa de paseo.
publicado por Jose Contreras el 7 abril, 2007

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