La historia es, como dirían los ingleses, “tricky”, tramposa. No es leal con el espectador. Intenta crear en nosotros la sensación de que las vidas heterosexuales de los cowboys son míseras, aburridas, insustanciales, pesarosas, y que viven en ellas obligados por una realidad de la década de los 60 injusta. Y claro, sus encuentros tórridos en el monte pelado son la vía de escape para alcanzar la felicidad. Eso yo lo llamo condicionar al espectador para que justifique una acción que por otro lado no necesita justificación. Dicen que la historia habla de amor. Pse. No creo que lo de Jack Twist en México fuera amor.
Vayamos por partes. ¿Qué cosas nos intenta contar la película? Aparentemente, intenta vender que el amor es superior a cualquier circunstancia o condicionante, y que es capaz de brotar entre dos rudos vaqueros. No veía yo la necesidad de pintar de rosa el western, pero si queremos ver un tratado del amor, basta ver cómo John Wayne mira a la mujer de su hermano en “Centauros del desierto”, miradas cargadas de sentimientos, pero con el corazón encogido por saber que es su cuñada, y que por encima de sentimientos está la familia. Fíjense, con una mirada hemos entendido tanto como viendo a Ennis y Jack dentro de la tienda de campaña.
Y como en sí la historia no cuenta nada más, aparte del tratado de tempo cinematográfico y fotografía que en sí constituye la cinta, el resto es vacío, pura vacuidad destinada a ser llenada con nuestra digestión de las dosis de contrariedades que Ang Lee nos va recetando con cuentagotas. Ciertamente, no me ha entusiasmado, pero tampoco me parece un espanto de film. Quizás haya que verlo para que cuando alguien venga con denodado entusiasmo a hablarnos de él, sepamos exactamente que no es para tanto.
Lo mejor: Magnífico tratado de tempo cinematográfico y fotografía.
Lo peor: La historia no es leal con el espectador, es un poco engañosa.
