Un retrato sincero y perturbador sobre una urbe caracterizada por la mezcla caótica de etnias, por el racismo, el miedo y la falta de principios. Un soberbio retrato sobre la angustiosa soledad de esas almas solitarias y prisioneras de una sociedad desestructurada, violenta, armada hasta los dientes, tristemente deshumanizada y en donde todos resultan ser victimas. Pero Crash también nos habla de la intolerancia y de la pérdida de la inocencia. De cómo hay cabida, a pesar de todo, para la esperanza, para la magia, y de como pervive aún la posibilidad en nosotros, la libertad de poder dar siempre lo peor o de dar lo mejor como seres humanos. Nos recuerda además que el hombre es un ser muy complejo que naufraga en una sociedad impersonal y hostil. Donde, victimas de la confusión, los buenos también
resultan convertirse o descubrirse como malos y los malos, a la vez, como buenos. Donde la línea moral y la ética de la actual sociedad norteamericana parecen estar borrándose peligrosa e irremediablemente como el trazo de una tiza bajo la lluvia. Y a la vez, este es un retrato también de las sociedades modernas de todo el mundo.
Paul Hagiis, quien se diera a conocer por escribir el guión de “The millon dollar baby”, realiza aquí una película de bajo presupuesto sin que técnicamente se note en ningún momento del metraje, llena de inteligencia y de emoción. Con un casting que funciona, unas actuaciones soberbias, un guión redondo y perfectamente estructurado, un look acertado, una atmósfera muy lograda y consecuente y un ritmo bien administrado, que mantiene la tensión requerida y nos regala momentos gloriosos. Una bocanada de aire para los tan predecibles y aburridos Oscars y una agradable sorpresa que vuelve a demostrar que, desde Hollywood, entre tanto pedrusco y tanto lodo, aún continúan llegando algunas perlas del séptimo arte.
Lo mejor: Todo, absolutamente todo.
Lo peor: Que el mundo no sea así.
