Nos muestra un mundo espeluznante, pero que está ahí. A cinco horas de avión de nuestras confortables vidas.

★★★★☆ Muy Buena

El señor de la guerra

Escribíamos hace unas semanas que el cine norteamericano está viviendo un momento glorioso de forma que muchas de las grandes películas del momento están mostrando un admirable nivel de análisis de esta sociedad globalizada en que vivimos y un estimulante compromiso político con las causas de la verdad, la libertad y la justicia. “El señor de la guerra”, escrita y dirigida por Andrew Niccol, supone un peldaño más, otro eslabón en una cadena que nos reenvía a películas recientes como “Syriana”, “Munich”, “Crash” o “Buenas noches y buena suerte”.

¿De dónde salen las armas con las que millones de personas andan guerreando todos los días, a todo lo ancho y largo del mundo? Esa es la cuestión. Y, tal y como cínicamente nos cuenta en primera persona el personaje interpretado por Nicolas Cage, no es una cuestión baladí.

La película arranca con una poderosa e impactante secuencia que muestra el camino seguido por una bala desde que no es sino una pieza de metal en una máquina de ensamblaje hasta que se incrusta en la cabeza de un pobre chaval africano, salpicándolo todo de sangre. En ese punto, todos los espectadores nos echamos hacia atrás en el asiento… y ya no despegamos los ojos de la pantalla durante las dos horas de proyección.

Entre los mejores hallazgos de la película está el punto de vista adoptado por Niccol. Pudiendo haber elegido una impersonal y analítica tercera persona que escrutara, Deus ex machina, las actividades de un traficante de armas; opta por una solución más complicada, pero mucho más estimulante: darle voz al despreciable personaje, en primera persona. Le da voz a un siniestro traficante que, además, es el protagonista absoluto de la historia. A un traficante al que el espectador odia y desprecia, por supuesto, pero al que también se le tiene una cierta simpatía y hasta un punto de admiración, por su frialdad, su profesionalidad, su determinación y su capacidad de salir airoso hasta de las situaciones más complicadas.

Nicolas Cage, un actor que nunca ha sido santo de mi devoción, está soberbio en su recreación del cínico hombre de negocios que conquista a la mujer de sus sueños a través de una hábil estratagema, que intenta convencerse a sí mismo de que su actividad no es tan mala como los demás piensan, que se justifica con el “si no lo hiciera yo, lo haría cualquier otro”, que se burla de todos los que le intentan salirle al paso y que llega a vengarse cruel y despiadadamente de sus enemigos.

“El señor de la guerra” nos muestra un mundo espeluznante, pero que está ahí. A cinco horas de avión de nuestras confortables vidas. Todas las secuencias africanas, de Liberia y Sierra Leona, oníricas, durísimas, estremecedoras, están magistralmente rodadas, transmitiendo todo el horror que ya describiera Conrad en “El corazón de las tinieblas”.

Una excelente película que pone el dedo en la llaga de una de las situaciones más lacerantes a que nos enfrentamos en el mundo de hoy. Como dice el personaje interpretado por Ethan Hawke, las auténticas armas de destrucción masiva no son las bombas atómicas o de hidrógeno, sino los AK 47, los populares Kalashnikovs, esos cuernos de chivo que, de tan sencillos, hasta los críos pueden hacer auténticas carnicerías con ellos.

“El señor de la guerra” parte de un excelente guión que te saca una sonrisa para, un instante después, dejártela congelada en la cara, convertida en una mueca de espanto. Un guión repleto de frases memorables – “Las balas cambian más gobiernos que los votos” -, en absoluto maniqueo y con un final apoteósico que, afortunadamente, está a la altura del resto de la película. Una película que te obliga a hablar continuamente con tu compañera de butaca, a hacer comentarios y apostillas, que te indigna, te enciende y te solivianta. “El señor de la guerra”, en fin, es una de esas películas que, pasándose en un suspiro, invita a hablar, reflexionar, discutir y pensar. Nada menos.
publicado por Jesus Lens el 1 agosto, 2006

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