La industria cinematográfica española del momento – altristeces aparte – parece tener únicamente tres patas: 1) la nostálgico – intimista, 2) la comedia generacional y 3) el cine de terror. En este último caso, que es el que nos ocupa, es demasiado frecuente encontrarse con la tópica plantilla americana de la killer movie y la huella de Amenábar en la pretensión de una vuelta de tuerca psicologista. En Skizo encontramos esto junto a algunos ingredientes de thriller torpemente remendados. Un par de tipos planean un número absurdo que deriva en un secuestro absurdo que se amplía hasta la incoherencia total en la morada del asesino, un muchacho al que la visión de la violencia ajena transforma en psicópata (por lo que sus padres toman la terapéutica decisión de encerrarle en un sótano lleno de objetos afilados y deleitarle con sesiones de sadomasoquismo).
La principal baza de esta película es Jaenada, quien no se esfuerza demasiado con un papel que le obliga a ser mú chungo y a estar mú loco la mitad del tiempo y a parecer un payasete de teleserie la otra (“¡El tamaño sí que importa!”, bromea sobre unas ganzúas). El resto de actores, como si sólo pasaran por ahí. Thriller psicológico que no angustia y terror que no emociona, por mucho que se empeñen en enchufar heavy metal en las escenas de acción y hacer rugir como un velociraptor al pequeño asesino. El pegostrón de final, auténtica muestra de a qué punto puede llegar la desesperación por quitarse encima una película, parece únicamente pensado para despertar al espectador.
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