Si los sofistas levantaran la cabeza se lo pasarían pipa yendo al cine a ver películas como “Gracias por fumar” o “El señor de la guerra”. Venderle armas a Batiste no es malo, y fabricar un producto que da cancer tampoco. Al público se le puede convencer de cualquier cosa si uno sabe manejar la retórica. Cualquier cosa se puede decir, o hacer, si eso nos ayuda a pagar nuestra hipoteca.
“Gracias por fumar” puede resultar simpática si se mira de lejos. O bien, si se coge con guantes. Como experimento sobre la manera que el cine puede manipularnos sirve para entrar en un juego perverso y luego volver atrás para repasar donde estuvo la trampa. Al final el espectador simpatiza con el vendedor de cigarros y le coge manía al senador anti-tabaco. La trampa no es especialmente sutil, el tabaquero, aunque defiende lo malo, es tolerante; el senador defiende una buena causa con intransigencia.
Como espectador no pongo pegas al discurso pero hay poca emoción. Podría haber imitado a “Caballero sin espada”, pero pierde toda la magia en el intento. Podría haberse parecido a “Campeón” en la relación padre a hijo, pero con un protagonista tan transgresor no hay modo de digerir ese coctail.
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