Es una de esas pequeñas-grandes cintas que nuestro cine nos regala de cuando en cuando y que vienen a corroborar una máxima del buen cine: antes que el dinero y la abundancia de medios, lo más importante son las buenas ideas.

★★★★☆ Muy Buena

El cine se suele nutrir de lugares comunes que, pese a su repetido uso, no dejan de funcionar. Uno de ellos lo conocemos de sobra y más aún en los últimos tiempos, con ‘remakes’ recientes como La matanza de Texas o Las colinas tienen ojos. Me refiero a la ubicación de sucesos terribles en lugares inhóspitos, casi despoblados, donde los días transcurren con una anodina cotidianeidad. En La noche de los girasoles, el debutante Jorge Sánchez-Cabezudo sitúa su relato en uno de esos sitios, en concreto, en un pueblo abulense propio de una España rural en vías de extinción. En este calmo escenario, la historia de la película detalla los pormenores de un suceso típico de la, cada vez más abultada, crónica negra de los telediarios. Y para mantener el interés, la historia es contada de forma fragmentada, al estilo de Arriaga, e introduce un interesante giro en su trama para que el espectador recomponga el rompecabezas de los hechos.

El descubrimiento de una cueva en el pueblo es vivido por los vecinos con expectación. La sola posibilidad de que la cavidad subterránea tenga cierto valor arqueológico despierta las ilusiones de unos ciudadanos que ansian volver a “estar en el mapa”. Como dice el alcalde del pueblo, no sin cierta ingenuidad, la clave para conseguirlo está en el “turismo rural”. De manera que la llegada de los espeléologos es recibida en plan Bienvenido Mr. Marshall. Antes de que esto ocurra, Sánchez-Cabezudo ya ha sembrado la inquietud en el espectador con un suceso narrado al principio del filme: la violación y asesinato de una joven ocurrido en las inmediaciones del pueblo. Así, esta trama y la de los espeléologos parecen discurrir por caminos semejantes y con protagonistas comunes, pero el guión jugará a un inteligente despiste que se sigue con interés.

En el reparto coral de la cinta, el rostro más conocido es el de Carmelo Gómez, quien cumple con la solvencia habitual en su papel de uno de los espeleólogos, sobresale un secundario siempre verosímil, Celso Bugallo, y sorprende la intepretación de la bella Judith Diakhate. Manuel Morón, ese rostro ya habitual en casi todas las producciones, grandes y pequeñas, de nuestro cine, está perfecto en el papel más desagradable y complejo de la cinta.

La noche de los girasoles es una de esas pequeñas-grandes cintas que nuestro cine nos regala de cuando en cuando y que vienen a corroborar una máxima del buen cine: antes que el dinero y la abundancia de medios, lo más importante son las buenas ideas. Y pese a estar adscrita a convenciones propias del thriller, su relato también ofrece una interesante visión sobre una España rural devorada por el éxodo masivo a la ciudad y que, prácticamente, va camino de quedarse en un eco del pasado. Si se cruza con ella en una cartelera, no la deseche con la facilidad, y ligereza, con la que a veces despreciamos nuestro cine. Verá recompensado, y con creces, el precio de su entrada.
publicado por Matías Cobo el 29 septiembre, 2006

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