Sin ser perfecta, es muy buena. Y, sobre todo, necesaria. Como necesarios son directores y guionistas que, como Loach y Laverty, aún piensan que otro mundo es posible.

★★★☆☆ Buena

El viento que agita la cebada

Cuando Ken Loach presentó su última y comprometida película en la pasada edición del Festival de Cannes, no provocó grandes aclamaciones entre los críticos desplazados a la Costa Azul. Sin embargo, cuando le concedieron la Palma de Oro a la mejor película presentada a concurso, tampoco se echó nadie las manos a la cabeza.

Y ése puede ser el mejor resumen de una película “100% made in Loach”, con una fuerte carga política, protagonizada por la gente del pueblo, la aldea en este caso, que se ve obligada a tomar decisiones, que discute y defiende con pasión y vehemencia sus ideas, que se enfrenta al poder establecido, lucha, pelea, mata y se mantiene firme en sus principios y sus convicciones.

Para contarnos parte de la historia del IRA, cuando era el auténtico Ejército Republicano Irlandés en los duros años veinte, y para narrar la guerra civil en que se vio sumida Irlanda tras la firma del tratado de paz con los ingleses, Loach y su guionista de cabecera, el también muy comprometido Paul Laverty, toman como protagonistas a dos hermanos que, si bien comienzan luchando juntos, terminan tomando rumbos separados e independientes en sus vidas.

Personalmente, Irlanda me fascina. Todo lo que tiene que ver con la Verde Erín, desde su cosmogonía céltica hasta su música, su literatura, sus pubs, la Guinness, sus paisajes… y su historia, por supuesto.

Una hermosa y trágica historia en que el verde de la hierba, por desgracia, se ha visto habitualmente teñido con el rojo de la sangre. Y por eso, una película como “El viento que agita la cebada” tenía todas las papeletas para gustarme. Y me gusta.

Me gusta el punto de vista de adoptan Loach y Laverty, quedándose siempre con las personas de a pie, en vez de contarnos las grandes epopeyas de los líderes históricos y los más reconocidos próceres. Me gusta el realismo que transmiten sus imágenes, a veces, hasta demasiado descarnado. Me gustan los actores que eligen para interpretar los papeles, siempre tan creíbles y seguros en sus convicciones como tiernos y frágiles en sus actuaciones. Me gusta la mezcla de ternura y dureza que imprimen a algunas secuencias y la sensación de deja vu que dejan los uniformes negros, una vez expulsados los caquis de los ingleses. Y me gusta el final: terrible, escueto, sin lugar para la concesión o el melodrama.

Y, sin embargo, lo que más me había gustado en otras películas de Loach, las discusiones asamblearias y libertarias de los protagonistas, en ésta, terminan cansándome. Por reiterativas y por excesivamente alargadas. Y concentradas. El que Loach y Laverty quieran dar voz a todos los personajes, permitiendo que cada uno exponga sus razones y su punto de vista es muy honesto. Pero, al final, la película acaba siendo demasiado discursiva, por las muchas y reiterativas situaciones que plantea.

“El viento que agita la cebada” es una de esas películas que, sin ser perfecta, es muy buena. Y, sobre todo, necesaria. Como necesarios son directores y guionistas que, como Loach y Laverty, aún piensan que otro mundo es posible y que una cámara de cine o el teclado de un ordenador pueden ser un arma tanto o más efectiva que un kalashnikov o una uzi.

Sólo por eso, ya se merecen toda nuestra consideración, respeto, admiración y agradecimiento.
publicado por Jesus Lens el 2 octubre, 2006

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