Es quizá la película de amor del año, pero no hay abrazos sudados, ni miradas perdidas en el follaje de la compenetración pasional: hay emociones, renuncias, riesgos, entregas, vicios y concesiones.

★★★☆☆ Buena

Las partículas elementales

Lo que en la novela de Michel Houellebecq era inteligencia, descaro y pesimismo, todo bien engrasado para que la maquinaria narrativa fluya y la mala leche y la escatología del autor rezume por cada sintagma, en la película de Oskar Roehler, novato con ínfulas de autor ya cotizado, se rebaja a frívola reflexión sobre la decepción del hombre burgués en la Europa del Estado del Bienestar, aunque no le falta su aditamento de cinismo, su particular evidencia de la inconsistencia de la sociedad europea actual.

Trata de dos hermanastros diametralmente opuestos. Uno, culto y refinado, triunfador nato, volcado en su trabajo ( Es un biólogo molecular ). El otro es un patán comido por diversas fiebres venéreas. Ambos, en una edad ya talludita, descubren el amor y la película va desgranando cómo el amor les va cambiando. O en realidad no les cambia nada. El azar, el destino, que en la magnífica novela de Houellebecq ejercía un papel notable, viene aquí a destrozar esta aparente vida de galanteos cuando las amantes de ambos caen enfermas y deben recapacitar sobre si regresar a la vida anterior o ( definitivamente ) asumir cierta responsabilidad y afrontar la enfermedad con entereza y aplomo.
Hay un ajuste de cuentas que el director explicita muy sutilmente. La novela ( vuelvo a ella insistentemente porque esta es una película literaria basada en un boom literario ) hacía más sangre.

No había dulzura. Aquí los personaje son entregados con mucho tacto: se les adivina carnales, cercano. Los sentimientos que les mueven son los que nos mueven a todos y el abandono que sufren en la infancia es el abandono que, en alguna ocasión, sentimos todos cuando se produce el destete total y entramos, hocicados, impelidos por una fiebre absoluta, en la sociedad para trabajar, buscar un piso, arreglar una hipóteca, tener hijos, en fin, ese vértigo que únicamente tiene ya finiquito en la jubilación o en la tumba. Y algunos dirán que tampoco allí.

Las partículas elementales es una película del desencanto, de la tristeza, pero este lastre se deja seducir por cierta esperanza. El autor se desmarca de la crueldad de Houellebecq: reviste su trama de locura, de humor también, de verismo. La espesura del libro se aligera porque esto es cine y es una labor dificilísima hacer imágenes la avalancha de ideas y conceptos ( políticamente incorrectos casi todos ) que el novelista alemán plasma en sus novelas.

Es quizá la película de amor del año, pero no hay abrazos sudados, ni miradas perdidas en el follaje de la compenetración pasional: hay emociones, renuncias, riesgos, entregas, vicios y concesiones.

Quienes hayan disfrutado el libro ( como yo ), verán siempre una película falsa, que se escora en exceso de los planteamientos de su argumento, pero entretenida, nítida, muy bien trabada y, por supuesto, rocosa y ácida. Además Moritz Bleibtreu hace un trabajo excepcional, hipnótico. Sólo verle merece entrar en el juego de su trama.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 23 octubre, 2006

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