Es uno de los peores estrenos de terror que hemos tenido este año, desde su memez de guión hasta las evidentes carencias de talento de un director que desconoce por completo las razones por la que esta saga ha funcionado.

★☆☆☆☆ Pésima

La matanza de Texas: el origen

Hay todo un abanico de opciones a la hora de escoger los argumentos de por qué La matanza de Texas: el origen (2006) es uno de los peores estrenos de terror que hemos tenido este año, desde su memez de guión (que no aporta absolutamente nada al universo creado por la original de Tobe Hooper) hasta las evidentes carencias de talento de un director que desconoce por completo las razones por la que esta saga ha funcionado por más de treinta años, por no hablar de la vergonzosa codicia de un productor (Michael Bay, ¿quién más?) que parece dispuesto a ordeñar esta vaca hasta la última gota.

Sin embargo, la más apabullante razón para desechar esta película es su desmedida arrogancia al tratar de explicar el origen de algo que no necesitaba ser explicado en primer lugar. La cinta de Jonathan Liebesman (precuela del remake del 2003) resuelve esto con un par de vacías frases que aluden al matrato infantil en la esperanza de parir un “icono del terror” autoconsciente y descarado.
Y lo peor de todo es que, al igual que como ocurría con su anterior película, Darkness Falls (2003), los primeros minutos de Liebesman no están del todo mal: una secuencia sucia e incómoda en la que vemos a una mujer parir en medio de un matadero a un niño deforme. El niño es, obviamente, nuestro amigo Thomas Hewitt, quien más adelante crecerá para convertirse en el gigantón Leatherface. Treinta años después, cuando el cierre del matadero decrete la muerte económica del pueblo y nuestro amigo y su familia se queden sin su principal fuente de ingresos, comienza la matanza propiamente dicha.

Estos primeros minutos, en los que el personaje de R. Lee Ermey (sin duda alguna lo mejor de la película) se “convierte” en el sheriff Hoyt y hace su declaración de intenciones a la familia de nunca más pasar hambre, es el punto más alto de todo el metraje, justo antes de que la cinta se lance en picada al territorio slasher y pase desvergonzadamente por cada uno de los clichés que normalmente se le atribuyen. Sin embargo, en este caso dicha autoconsciencia es aún más patética, ya que al ser esto una precuela (acontecida tres años antes de la versión de Marcus Nispel) se sabe desde el primer fotograma cómo va a terminar. Por ende, cualquier inversión emocional que uno pueda hacer en los personajes víctimas está, de entrada, desperdiciada. La película entonces se transforma en un festival de excesos de diseño, gratuito pero con pasta, concebido y ejecutado como un vulgar geek-show prefabricado para el suscriptor promedio de Fangoria y para todo aquel que básicamente desee casquería completamente banalizada.

Al principio podría pensarse que la original de Tobe Hooper era poco más que eso, pero nada está más lejos de la realidad. Aparte del hecho de que sus excesos eran genuinamente originales allá por 1974, la película original basaba su horror no tanto en la sangre (que tampoco era tanta) sino en el retrato de esa América que la gente se negaba a ver: una de un patio trasero lleno de ignorancia, pobreza y violencia desmedida. Y aún así, nada de lo que había en esa película era gratuito. Esta precuela del remake echa todo eso por la borda. Un ejemplo lo deja más claro que ninguno: la escena en la que la protagonista es atada a una silla y obligada a presenciar la cena de la familia Hewitt, escena que sin duda sabrán todos es una referencia directa a la película original. Pues bien, en la original dicha escena tenía sentido y razón de ser, mientras que aquí no tiene ninguno, sólo se trata en primer lugar de una referencia pop, y en segundo lugar de una muestra de sadismo gratuito por parte de los personajes.

Podría dar muchas razones más de lo repetitiva, predecible e inverosímil que resulta cada una de las secuencias de esta película. ¿Violenta? Ciertamente, pero eso ya no es ningún mérito en un género donde Rob Zombie, Alexandre Aja y Eli Roth se han convertido en nombres conocidos por todos. La matanza de Texas: el origen es totalmente bobalicona, supérflua e inútil. Pasad de ella sin ningún remordimiento.
publicado por Hombre Lobo el 6 noviembre, 2006

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