Echo de menos más capacidad de perturbación, más garra cinematográfica. Pero no se trata de pedir peras al olmo, y sí de hacernos pasar casi dos horas entretenidas.

★★☆☆☆ Mediocre

El ilusionista

Misterio, magia y romance envuelto en un halo sobrenatural es lo que promete “El ilusionista”. Además su reparto es muy atractivo: Edward Norton, Jessica Biel y Paul Giamatti. ¡Ummmm!

La época en que se ambienta, esa Viena de entresiglos en 1900, suscita aún cierta fascinación. Y más como escenario de un cuento (otro más este año, después de “La joven del agua”, “Palíndromos”, “El laberinto del fauno”…), inspirado en la pluma, o teclado de ordenador, de un premio Pulitzer, Steven Millhauser. ¡Más ummmmm!

Nuestro príncipe encantador no es de tal alcurnia sinó de condición humilde, y más bien solitario y reservado. Es conocido como el mago Eisenheim (Edward Norton) y sus trucos son tan espectaculares que parece que se haya aliado con las mismas fuerzas sobrenaturales. Ahora utilizará todas sus artimañas para conseguir a la mujer que ama, una dama prohida (Jessica Biel) que pertenece a una clase superior. Y lo hará rivalizando con, éste sí, todo un príncipe (Rufus Sewell).

¡Parece todo genial! Pero todavía estoy esperando algo de la intriga que merezca la pena recordar, y el metraje que se basa en una idea demasiado estirada. Película y personajes avanzan de manera funcional y en muchas ocasiones, porqué sí, porqué lo dice el guión. Ni el desenlace final sorprende, pues se adivina con facilidad.


Norton y Giamatti ¡qué grandes son!

Es entonces cuando uno cae en la cuenta que la auténtica vocación de la película dirigida por Neil Burger, forjado en la realización de ‘spots’, es sólo la de entretener y punto. Tampoco intenta hacer historia en el cine.

Y “El ilusionista” cumple con su objetivo, siendo de agradecer que ningún personaje sea realmente tan bueno o tan malo como parece, ni siquiera ese ogro en forma de príncipe que interpreta Sewell.

Lo mejor de la función, sin duda, son los actores, sobre todo Edward Norton y Paul Giamatti encarnando al inspector de la policia Uhl, un representante de la Ley que se debate entre sus dos deberes: el de agasajar al poder establecido y el de mantenerse íntegro en el desempeño de su cargo.

Por lo demás, la trama romántica entre la aristócrata Sophie y el plebeyo prestigidador no deja de seguir el más trillado esquema de “chico conoce a chica; chico pierde a chica y, ya saben, se espera que chico recupere otra vez a la chica”.


Sólo ilusiones ópticas.

Y pongo en entredicho que algunos de los trucos de magia que Eisenheim escenifica fueran realmente posibles, con ese verismo, para la época, aunque en 1900 ya empezaban a desarrollarse las ilusiones ópticas que engendrarían el cine.

La misma película utiliza la técnica del ‘autocrhome’, creado por los hermanos Lumière a finales del siglo XIX, cuyo cromatismo es más suave, menos contrastado y por ello más cercano al blanco y negro, lo que permite dotar a la fotografía y el diseño de producción de una cierta capa de irrealidad acorde con el espíritu del film y su ambientación.

Interesante, y más aún teniendo en cuenta que la historia crea expectativas con momentos como las (supuestas) apariciones del Más Allá o una exhibición a cargo de Eisenheim que recuerda a la leyenda de Arturo.

Pero la puesta en escena de Neil Burger no deja de ser muy discreta. Echo de menos más capacidad de perturbación, más garra cinematográfica. Pero no se trata de pedir peras al olmo, y sí de hacernos pasar casi dos horas entretenidas, la daremos por válida, pero …
publicado por Carles el 18 noviembre, 2006

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