El mayor problema que me surgió durante la proyección, es que durante casi hora y media (la película dura dos) no supe si ante mí se representaba un cuento o un thriller.

★★☆☆☆ Mediocre

Me molesta mucho cuando un creador (llámese director, escritor o guionista) confunde el hecho de mostrar una nueva perspectiva a través de calculados giros argumentales con cambiar las reglas a su antojo, sin orden o justificación alguna, salvo, el de no tener ideas o bien no saber desarrollarlas. En el primero de los casos, el salto narrativo nos suele documentar sobre información que ya había sido mostrada pero que nosotros no habíamos podido interpretar (algo que pudimos observar de forma magistral en la fabulosa obra de Michel Gondry ¡Olvídate de mí!). Sin embargo, en el segundo caso la sensación es que alguien está haciendo trampas para poder justificar un nuevo elemento que ha sido introducido casi como por arte de magia.

Pues bien, “El perfume: historia de un asesino” podría clasificarse en la última opción, aunque, debido a mis carencias literarias, desconozco si el culpable de ello es el autor de la novela homónima, Patrick Süskind o, por el contrario, el director que se ha encargado de adaptarla al cine, Tom Tykwer, del que destacaría la bella aunque dura historia “La princesa y el guerrero”.

Para empezar se abusa sistemáticamente de la figura del narrador algo que, por un lado, llega a aburrir y, por el otro, hace pensar en la falta de profesionalidad a la hora de realizar el guión. Esto no es un novela sino una película y, por lo tanto, no podemos hacer un uso equitativo de las mismas figuras. Sin embargo, este pequeño error queda gratamente subsanado si tenemos en cuenta la maravillosa fotografía que suele rodear al cronista.

El mayor problema que me surgió durante la proyección, es que durante casi hora y media (la película dura dos) no supe si ante mí se representaba un cuento o un thriller. Por un lado, veía la exposición detallada de un brutal asesino en serie en la Francia del siglo XVIII, sin embargo, había componentes que me expulsaban de la tangente realidad (una cosa es tener un olfalto excepcional y otra, muy distinta, es ser capaz de saber por el olfato que en el fondo de un charco hay huevos de rana; otro detalle importante es que el olor que emanan las personas por muy agradable que sea se turbia con la muerte). En general, no había una clara exposición del plano en el que se desarrollaba la historia. Todos sabemos que dentro de una fantasía, se pueden establecer una serie de normas que la hagan más real y, al reves, en la más estricta realidad puedes establecer un mundo de fantasía paralelo que nos ofrezca dimensiones alternativas. Pero, lo que no puedes hacer es jugar al despiste y hacer una mezcla homogénea de géneros de una forma tan caótica.

He de decir que, finalmente, todas las dudas se disiparon ante mí cuando pude observar el desenlace final: efectivamente había sido testigo de una gran tomadura de pelo que había escogido la forma de película de época, de terror, policiaca, fantástica y, todo esto, aderezado con una escena que nada tiene que envidiar a las imágenes a las que nos tiene acostumbrados el fotógrafo Spencer Tunick.
publicado por Elena Suárez el 29 noviembre, 2006

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