Cinematográficamente hablando es inclasificable ya que, para contar su deleznable y patética historia, se requiere de ese realismo sucio.

★★☆☆☆ Mediocre

“Borat”, digámoslo desde el principio, tiene momentos absolutamente repugnantes y, en su empeño por sacudir las conciencias y las sensibilidades de los espectadores, espoleando los más bajos instintos de esos yanquis de a pie, teóricamente comunes y corrientes, Sacha Baron Cohen, padre putativo de la infecta criatura, no tendrá reparo en portarse como un auténtico cerdo, racista, maleducado y misógino perro arrabalero de la más baja estofa.

¿Y qué consigue con ello? ¿Para qué lo hace? Supuestamente, para arrastrar en sus revolcones por el barro a lo más granado de la sociedad norteamericana: feministas, clérigos baptistas, la alta sociedad de un pueblo sureño, estudiantes universitarios, rudos cowboys, vendedores de coches de segunda mano, vendedores de armas y, al final, a la mismísima y recauchutada Pamela Anderson.

“Borat” es una atípica road movie que, adscrita al emergente género del falso documental, está rompiendo el box office estadounidense, posiblemente, porque es el ácido y cruel reflejo de una sociedad contradictoria y compleja… dentro de la aparente simplicidad, estupidez y cretinismo mental de buena parte de sus habitantes, perfectamente representados por ese individuo que tienen como Presidente. Y es que no hay como reírse de las miserias ajenas, cuando resultan tan cercanas, para sentirse cómodo y tranquilo con uno mismo.

Ahora bien, si como experimento pseudosociológico, “Borat” puede resultar curiosa y llamativa, cinematográficamente hablando es inclasificable ya que, para contar su deleznable y patética historia, se requiere de ese realismo sucio, de su planificación a base de una sola cámara que persigue al supuesto periodista kazajo por todas partes, de su descuido en los detalles y de toda la caspa que rezuma la película.

Lo que está muy claro es que el cómico Sacha Baron Cohen ha sabido perfilar un personaje con tirón popular y muy mediático, que no sabemos si tendrá continuidad (y éxito) en el futuro. Hay que reconocer que los 82 minutos de “Borat” se pasan en un suspiro, que ni cansan ni aburren, que suscitan reacciones en el espectador y que dan para un rato de charla una vez finalizada la película. Pero, desde luego, no van a revolucionar ni la historia del cine ni la de la sociología.

Mención especial merece la música, una banda sonora repleta de los sonidos más calientes de las bandas zíngaras de Europa del Este. Se pueden escuchar canciones como “Ederlezi” y tonadas de las célebres voces búlgaras en un animado popurrí étnico-musical que pone el contrapunto festivo a tanta cutrez y caspa.

“Borat” reclama el poder del humor como herramienta de crítica social, es políticamente incorrecta y, como decíamos, suscita reacciones en el patio de butacas. No es poco. Pero tampoco es como para reventar taquillas, la verdad. ¿Será síntoma de alguna enfermedad, diagnosticada en nuestro país tras el éxito de Torrente? Seguiremos atentos a Borat y a Sacha, a ver qué se les ocurre en un futuro cercano.
publicado por Jesus Lens el 1 diciembre, 2006

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