Ni apasiona ni incomoda la incursión en el terreno de la animación digital de uno de los cineastas más curiosos del panorama actual.

★★★☆☆ Buena

Arthur y los Minimoys

Sorprende y hasta cierto punto agrada que en el continente europeo se arriesgue con títulos de este calado. Tras el halago podemos criticar el afán lucrativo que se impone al creativo de Luc Besson. Aquí no es sólo el director así que también es lógico que alguien que invierta dinero quiera recuperarlo.

A juzgar por los ingredientes empleados, de primera calidad, el éxito comercial está asegurado: historia sencilla que combina aventuras con una sutil idea de superación ante las contrariedades, relato ‘cotidiano’ enmarcado en un mundo de fantasía que bien podría existir de no ser por las licencias que se permite el cineasta francés.

Nos contó que el amor se equipara a los cuatro elementos naturales y sacó el lado más profundo de Juana de Arco, aunque para comprobarlo tuviésemos que aguantar demasiados minutos sentados en la butaca. Ahora suelta la idea de que unas criaturas putrefactas parecidas a los elfos –no hablamos aún de los minimoys- se descoyuntan en nada improvisadas pistas de baile donde suenan éxitos modernos y confiere el poder de la omnipresencia a los miembros de una tribu africana. Qué lío…

Desde un punto de vista técnico convencen las andanzas de un niño real por un terreno ficticio aunque poco improvisado y edificado sobre demasiadas referencias. Tomando en consideración patrones y arquetipos, el ir y venir de Arthur desmerece, echando en falta más pasión imprudente y un toque de temeridad por parte del cineasta francés: niño bueno que se encuentra con un pastel a resolver, chica de la que se enamora, lazarillo lúcido y cómico, malo malísimo y conflicto acabado sin dar demasiadas explicaciones coherentes. Sí se encarga en cambio de dejar la puerta abierta a futuras secuelas –vuelve a relucir su faceta como productor-.

Es listo este tipo al echar los anzuelos: nada más picar, las redes nos atrapan. Cuando termina la película nos preguntamos si le consentimos demasiado: guiños actuales, proliferación de elementos que, por muy natural que parezcan, tiene un halo de irrealidad; el look de algunos de los bichejos, que recuerda al de Mila Jojovich en El quinto elemento… Un simple ejercicio de observación nos conduce hasta la mano de Luc Besson en esta versión rural de Los diminutos, televisivas criaturas que están demasiado lejos para los consumidores finales de este título: los niños nacidos en los albores del nuevo siglo.
publicado por Daniel Galindo el 26 diciembre, 2006

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