La película cuenta la historia de los tres supervivientes que izaron la bandera sobre el monte Suribachi, instante inmortalizado por Joe Rosenthal. Esa fotografía convierte a John Bradley (Ryan Philippe), Rene Gagnon (Jesse Bradford) y a Ira Hayes (Adam Beach) en héroes, y son embarcados en una gira para hacer creer al país en las esperanzas de victoria, y para subir la venta de bonos de guerra. Clint Eastwood, a partir de un fabuloso guión de William Broyles Jr y Paul Haggis, se sumerge de lleno en la historia hasta hacerla propia, para ofrecer al espectador un film que le dejará conmocionado y aturdido. Eastwood narra la guerra en toda su crudeza, mostrando un horror casi indescriptible, y a la vez, la incertidumbre y el miedo de los soldados. Las escenas bélicas recuerdan a Salvar al Soldado Ryan, y con razón, ya que el propio Steven Spielberg es productor de la cinta. Pero Banderas de Nuestros Padres no sólo es guerra y batalla, su dureza también se encuentra en cómo los políticos manipulan a tres supervivientes, y sin escrúpulo alguno, los meten en una carrera para vender más, hasta convertirlos en iconos del heroísmo. Clint Eastwood demuestra una vez más que domina el arte y la magia del cine como pocos, ya que el ritmo que imprime es el perfecto a la historia. Por no mencionar su hermosa partitura, esperemos que reconocida esta vez en forma de nominación al Oscar. Todo el trabajo técnico es grandioso, destacando la fotografía de Tom Stern, y el montaje de Joel Cox. La guinda al pastel lo ponen las interpretaciones, excelentes, especialmente las de Ryan Philippe y Adam Beach.
Cuando se juntan los talentos de tres genios como Eastwood, Spielberg y Haggis, el resultado no puede ser sino una obra maestra. Y Banderas de Nuestros Padres lo es. Ahora ya sólo queda esperar unos meses para ver la segunda película del proyecto, la visión japonesa de la batalla, Cartas Desde Iwo Jima.
Lo mejor: La maestría de Clint Eastwood detrás de las cámaras.
Lo peor: El (inexplicable) retraso de casi dos meses en su estreno.
