Pocas veces un improvisado jarrón con rosa había sido tan melancólico o la humareda de un cigarrillo tan elocuente: mínimos recursos, máxima expresividad.

★★★☆☆ Buena

Luces al atardecer

La mejor fotografía, ya para cerrar el año 2006, es la de la nueva película del sinpar finlandés Aki Kaurismäki.
Lo es tanto técnicamente como por su contenido. Por su cromatismo de colores saturados, ¡fascinante!, en un diseño que combina de manera hipnótica; y por su puesta en escena, atenta tanto a lo que sucede en el encuadre como a lo que queda fuera, y siempre al servicio de su historia.
Cuando llega la noche, las luces de Helsinki empiezan a iluminarse, y en ese espacio urbano, frío, casi desértico, también empieza a dar sus primeros pasos el perseverante protagonista, Koistinen (Janne Hyytïainen), un vigilante de seguridad que, jornada a jornada, también debe arrastrar a cuestas con tres de sus maldiciones: su soledad, los sueños imposibles y la del hecho que parece atraer sólo el desprecio o al indiferencia de todos los que le rodean.

Helado por fuera, ardiendo por dentro.

Koistinen es un perdedor con mayúsculas, un bicho raro a los ojos de los demás sin que haya motivo alguno. Uno de sus superiores, a pesar que lleva años en el servicio, es todavía incapaz de recordar su nombre, el cabecilla del grupo de seguratas le tiene manía, y Koistinen es el tipo capaz de llegar a un bar para ligar y lograr, en tiempo récord, que una rubia se le aparte o que, al arrinconarse, le den con un tortazo en las narices al abrirse la puerta de los servicios.
Es impresionante la cantidad de primeros planos de personajes que se lo miran con desdén, igual que el número de golpes que este resignado anti-héroe debe encajar con estoica rigidez, pero en los que irá dejando constancia de la honradez e idealismo de su espíritu.
Y más alucinante es todavía asistitir a ese recital de interpretaciones absolutamente hieráticas, impasibles. Los actores son como estátuas inexpresivas. Pueden sentir miedo, odio, rabia o amor, sin que su rostro se inmute en lo más mínimo. Cuando hablan, parcos en palabras, es para ir directos al grano.
¡Vaya contraste los nórdicos con, por ejemplo, los latinos, tan dados a los excesos!

Kaurismäki ‘forever’.

Las imágenes cobrán vida al son de la voz de Carlos Gardel y “Volver” y se cerrarán al compás de otro tango, “El día que me quieras”, habiendo asistido a puro cine que es melodrama, comedia y ‘noir’, con una ‘femme fatale’ rubia, Mirja ( Maria Järvenhelmi), la querida de un gánster; y otra morena, Aila (Maria Heiskanen), con forma de vendedora de salchichas y tal vez la única luz de su esperanza.

Con el ‘plus’ añadido que posee momentos extraordinarios. Hay muchos, a descubrir por cada uno, pero es imposible no destacar dos escenas ‘fuera de campo’, la de la paliza que recibe por intentar ayudar a un perro; y la elipsis que se genera al quedar una butaca vacía, cuando la explosiva Mirja se levanta para acudir a la llamada sexual de su maquiavélico amante.

Para mí gusto, la situaría después de la genial “Un hombre sin pasado”, o de las muy buenas “Vidas de bohemia” y “La muchacha de la fábrica de cerillas”; pero al mismo nivel de “Nubes pasajeras”. Con todas comparte esa atracción por los seres que conviven con su dolor y soledad callada. Y una puesta en escena que nos deja anonadados.
Pocas veces un improvisado jarrón con rosa había sido tan melancólico o la humareda de un cigarrillo tan elocuente: mínimos recursos, máxima expresividad. Y su metraje ni siquiera llega a la hora y cuarto.
publicado por Carles el 3 enero, 2007

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