La película pretende transmitir el grito desgarrador de un pueblo que sufrió oprobio y humillación durante décadas de subyugación. Y lo hace con un poco de populismo demagógico, licencia tomada sin duda para intentar aumentar la recaudación en taquilla. Siendo una medida totalmente lícita, también es cierto que le resta algo de solemnidad al relato, si bien el producto final es bastante interesante y no es osado vaticinarle posibilidades de optar a la dorada estatuilla. Muy buena, como de costumbre, la interpretación de Tim Robbins, uno de esos multimillonarios de izquierdas de los que se fotografían con Fidel Castro pero repudian un apretón de manos de personas como Ruiz Gallardón (mano que por cierto no ha firmado ninguna pena de muerte) y que suele trabajar e implicarse en proyectos de este tipo, que combinan política y cine de calidad. Y de camino, todo sea dicho, embolsarse algunos millones de dólares en su cuenta corriente.
Lo mejor: Trae al primer plano de la actualidad un tema que muchos de los más jóvenes ni siquiera conocen.
Lo peor: Explotar las tragedias humanas como negocio nunca me ha parecido una práctica decente.
