La realidad se impuso a mis prejuicios: suele ocurrir. No tengo ningún problema en pedir perdón o en desdecirme: disfruté muchísimo, encontré un film único e insólito, descarado, filosófico y jovial, combativamente dramático y recubierto por una fina capa de mala leche estupenda marca de la casa, esto es, del genial Bob Fosse, de quien había visto años atrás Cabaret y de la que todavía guardo miu agradables recuerdos ( a pesar, muy a pesar de ser cine musical, claro ).
All that jazz ( yo voy a llamarla así en lugar del menos proteico Empieza el espectáculo ) es un vértigo de ingenio, una demostración del talento de un hombre obsesionado por la muerte, en esta autobiografía filmada del coreógrafo y director Fosse, desnudado como pocas veces el cine ha mostrado a un hombre y presentado las cartas de su deceso, la evidencia mortuoria de una vida escorada siempre al exceso, representada en la pantalla en el personaje de Joe Gideon ( un nunca más convincente Roy Scheider ).
Que las piezas coreografiadas y la música ocupen una considerable parte del metraje no es óbice para que la película no sea enteramente musical. La música y el baile son recursos de una idea más profunda: la de la bajada a los infiernos de un hombre que ha escapado a sus demonios ( a sus vicios, a sus pecados ( y ahora mira cómo la salud mina su desafio y le arrumba en una cama, donde hace epitafio bailable de su tránsito por el mundo.
Lo mejor: On Broadway, una de mis canciones favoritas. Los colores eléctricos. El humor soterrado.
Lo peor: Una frialdad a veces inconveniente. Cierto que el tema es la muerte y que hay humor en ese crónica, pero advierto un tono gris, que despista, una especie de neutralidad que no acabo de explicarme y que entorpece (algo) una impresión maravillosa.
