El cuarto día de festival, aquí en la cita europea de Sevilla 2014, fue una jornada dedicada al género que tanto nos gusta, el cine negro. En esta ocasión disfrutamos de su versión mediterránea porque ayer fuimos testigos de un noir al estilo griego, una propuesta de Yannis Economides muy personal que no nos defraudó:
Stratos es un veterano asesino a sueldo que se muestra cansado y enfermo. Al tiempo que combina su trabajo de verdugo con el de empleado en una fábrica del sector de la alimentación, se presta a ayudar a escapar de la cárcel a Leonidas, su exjefe al que le debe la vida. Mientras aporta dinero para excavar un túnel, le proponen entrar a formar parte de una familia de delincuentes, un grupo mafioso que controla la región y que, entre otras cosas, pone en peligro la integridad de Katharina, su vecina de ocho años.
La cinta camina por el cine negro con una estructura lineal, pero fragmentada, que divide el metraje en secuencias claramente diferenciadas. Son escenas separadas por fundidos a negro que marcan las elipsis y propician el suspense. Lo logran al basarse en un diálogo bien planificado que incluye puntos de giro dentro de cada porción de película; o que combinan escenas que parecen de transición con impactantes imágenes de acción.
Ese contraste en la parte visual es consecuente con el que propone el director con respecto a los personajes. Así, Vangelis Mourikis (Stratos) se muestra contenido en su interpretación, lacónico e inexpresivo, mientras el resto de actores actúan con libertad, con una improvisación histriónica y exagerada que acentúa aún más el comportamiento del protagonista. La tensión de la trama se eleva con la misma intensidad que la ansiedad del espectador, que sabe que Stratos va a estallar de un momento a otro.
Pero quizás lo más atractivo de la cinta sea su tono crepuscular. El realizador lo consigue desde el arranque cuando se adivina un halo de decadencia en el primer plano del filme: un cementerio de autobuses y tranvías abandonados, cubiertos de óxido, será el escenario de uno de los “trabajos” del protagonista. También suma para lograr el efecto de declive la música melancólica de una guitarra acústica, que nos recuerda a las películas de Wim Wenders y que acompaña a un resignado Stratos en su cita con el destino.







