Opinión · Nº 70028 · 30-04-2026
Crítica de

Leviatán

El esqueleto de una ballena varada en la bahía es una imagen impactante que utiliza el realizador como metáfora.

Fructífera jornada la de ayer, la segunda del Festival de Cine Europeo de Sevilla 2014, donde pudimos asistir a una buena película que viene del frío, pero que no nos dejó indiferente. La cinta rusa tiene en su haber el premio a mejor guion en Cannes, ha sido elegida por su país para participar en los Óscar, y aquí ha dejado el listón muy alto demasiado pronto:

Leviatán narra las desventuras de Nikolai, un mecánico que vive con su mujer Lilya y con su hijo Roma, a la orilla del mar, en una casa de su propiedad. El terreno donde se asienta la vivienda y el taller es reclamado por el alcalde, el cacique del lugar, y pronto será expropiado injustamente. Para ayudar en el pleito, viene de Moscú el abogado Dimitri, viejo compañero de armas y buen amigo de Nikolai. Dimitri trae consigo buenas noticias: posee unos documentos que prueban las actividades ilegales del alcalde y sus secuaces.

Con esta estructura de western arranca la cinta de Zvyagintsev (viejo conocido del festival, ya consiguió un premio con Elena en un certamen anterior): un forastero viene de Moscú para ayudar a su amigo y, de paso, arreglar las injusticias cometidas por el cacique del lugar. El abogado se tiene que enfrentar sin ayuda a todos los poderes fácticos: la policía, los jueces, la iglesia y el más temible de todos, el representado por el alcalde corrupto. Pronto comprobaremos que ni esto es una película del oeste ni Dimitri tiene unas intenciones completamente sanas: su relación con Lilya va más allá de la simple amistad y eso puede traer consecuencias desastrosas; también el enfrentamiento con el alcalde las traerá.

Para concebir Leviatán, Zvyagintsev se basó en un caso real sucedido en Granby, Colorado, y en la Biblia, concretamente en el libro de Job del que podemos oír algunos fragmentos en boca de los personajes. Todo para mostrar con dureza la situación casi feudal que sufren algunas ciudades de la Rusia post-soviética. No nos parece un ejercicio de nostalgia por el antiguo régimen comunista, del que aún se recuerdan vestigios como el de la solitaria estatua de Lenin que asiste impávido a los acontecimientos, pero sí de denuncia de la descomposición del sistema. Así, la actuación de la justicia se limita a una verborrea inútil; la influencia de la iglesia se vuelve en contra de los feligreses y alienta el caciquismo debido a intereses comunes; y la inoperancia de la policía beneficia al poder. Mientras esto sucede, el alcohol descontrola las relaciones y vicia el comportamiento entre los miembros de la familia y los amigos.

Para reflejar todo esto con realismo, el director ruso escamotea casi todas las escenas explícitas de violencia y sexo con la intención de incidir, de subrayar la tensión con la que se vive en el pueblo, donde se masca la tragedia. El esqueleto de una ballena varada en la bahía va en ese sentido. Es una imagen impactante que utiliza el realizador como metáfora de un sistema putrefacto. También se puede interpretar el uso de los restos del cetáceo como recuerdo del pasado, de lo que fuera un lugar próspero en su día; o como un anuncio del futuro próximo, de la tragedia que se cierne sobre Nikolai y su familia.

Lo mejor
La habilidad del director para reflejar la tensión que hay en el ambiente.
Lo peor
Nada que reseñar.

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