La ignorancia de la sangre es un ejemplo más de que el cine de género es la solución para sacar a flote la maltrecha industria cinematográfica de nuestro país. Es la estrategia por la que siempre hemos apostado, la que nos parece más adecuada para atraer al público a las salas hasta conseguir, digamos, una “masa crítica” suficiente de espectadores que crea en el cine patrio y que haga posible que otras propuestas menos comerciales triunfen también.
En este sentido, nada que reprochar a la última película del veterano Gómez Pereira. Un director que ya triunfara en la primera mitad de los noventa con cuatro comedias muy divertidas, pero que ahora se pasa al bando del cine negro para probar suerte dentro, repito, de esta iniciativa comercial casi generalizada. Lo hace adaptando un best seller de Robert Wilson, escritor británico que tiene una saga protagonizada por el inspector Falcón, policía español de ficción afincando en Sevilla.
La trama doble de la cinta de Gómez Pereira nos remite a las novelas negras que se estilan ahora, las que vienen de fuera de nuestro país, pero también las de dentro. Los aficionados al noir reconocerán la estructura de la película y el salto de género dentro de la cinta, desde el cine policíaco al negro hasta desembocar en el thriller. Todo para ganar la atención del público al conseguir que la acción vaya en aumento y no decaiga nunca. Hasta aquí las bondades del filme, las debidas al argumento, pero también a Gómez Pereira que maneja bien el ritmo que reclama la historia para asegurar el entretenimiento del público, lo cual no es poco.
Los defectos (hay unos cuantos, ahora veremos) impiden que la cinta se apunte el tanto de la producción de calidad con el que seguro soñarían el guionista, los intérpretes y el director; los mismos que provocan, a nuestro entender, los principales fallos del largometraje: el guión adaptado, más allá de caer en un par de situaciones inverosímiles, tropieza en bastantes diálogos estereotipados, aquellos que ya hemos oído y leído cientos de veces, como los que surgen entre el héroe y su mujer/novia/amante cuando ésta le reprocha que le salpiquen a ella y a su hijo los casos del policía, o los que se suceden entre los agentes de la ley, o entre éstos y los mafiosos. Un libreto acartonado que chirría en la primera parte del filme, hasta que el interés de la trama logra que el espectador consiga obviarlo.
De los actores, nada que objetar al protagonista, un buen Juan Diego Botto en el papel del policía desvalido que nos recuerda a otros personajes del cine negro (no sé por qué nos viene a la memoria el Philip Marlowe de William Powell en Historia de un detective, quizás por estar casi siempre a merced de los “malos” y por tener entre ellos a una mujer peligrosa como archienemiga). Tampoco le ponemos pegas a Paz Vega o a Cuca Escribano, pero sí a Alberto San Juan que es, en nuestra opinión, el que se lleva la peor parte (al parecer, sustituyó a Hugo Silva que era el actor elegido para el papel). Con un registro dramático falso, diríamos que forzado, San Juan no acierta con el rol de su personaje y confirma nuestra preferencia por sus actuaciones en las comedias. Lo mismo que nos ocurre con Gómez Pereira: también nos decantamos por sus comedias.
Y no es que lo haga mal el realizador, ya hemos dicho que maneja muy bien los tiempos y el ritmo, lo que no nos gusta del todo es la puesta en escena y la gestión del objetivo, sobre todo cuando usa —abusa— de los primeros planos como si estuviera dirigiendo una serie de televisión. Somos de la opinión de que esos encuadres hay que reservarlos para escenas donde queremos resaltar el aspecto íntimo del personaje. Si los utilizamos sin ningún control, cuando lleguen esas secuencias perderán la fuerza, y el efecto que deseamos conseguir con ellos se diluirá o desaparecerá.
A pesar de todo, La ignorancia de la sangre es un buen intento de llevar nuestro cine por el acertado camino de lo comercial, como La isla mínima (de bastante más calidad), Celda 211, Grupo 7, No habrá paz para los malvados, La caja 507 y algunas más que han conseguido que nuestras películas por fin se cuelen entre las preferencias del público, compitiendo en la cartelera con la implacable oferta norteamericana.







