Zack Snyder (300, Watchmen, Sucker Punch) es un cineasta nervioso, carente de la hondura moral de quien produce (otra vez el mesiánico Nolan) y con mayor interés en hacer una versión rompedora (lo es por muchos motivos) que sencillamente una buena película. No lo es en absoluto. La lastra esa sensación de espectáculo aparatoso, consciente de que los personajes deben tener un peso narrativo, pero espectáculo atronador, al cabo. La última media hora es un carrusel de destrucción absoluto. No creo haber visto en una pantalla un despliegue más convincente de edificios que se caen, coches que vuelan y ciudades enteras que escenifican el apocalipsis con el que muchos creadores de videojuegos sueñan. Dame demolición, dame ángulos de cámara imposibles (aunque fríos como un cubito de hielo en plena nuca) y yo llenaré la sala. No sé si el género es el que está agotado o soy yo, sencillo consumidor de cine de evasión, aunque moderadamente exigente a pesar del embolado en el que sé que me meto. Eso de ser de la Marvel o de la DC Comics hace que uno perdone estos deslices. En cuanto anuncie un hombre de acero dos, abonaré en taquilla y me sentaré (si es posible con mi hijo, que piensa como yo a poco que se le hurga) en una buena fila para que el destrozo se aprecie con más limpieza.
Lo mejor: El malo, Michael Shannon. Los minutos iniciales, en Krypton.
Lo peor: Casi todo lo dema´s
