Berges salió dañado cuando la maquinaria hollywoodiense puso en órbita The Artist, la obra de Michel Hazanavicius Más aún cuando la premiaron como lo hicieron. Perdió una apreciable cantidad de público a la que le aturdiría que dos obras de parecido rango artístico ocupasen su atención en tan breve periodo de tiempo. A los no aturdidos, los que lograron sobreponerse al impacto mediático, se les regaló una obra mayor, un compendio inteligente de los recursos que hicieron del expresionismo alemán uno de los más creativos en la historia del cine, un tributo sensible y compensado al cine como contador de historias. La de Berges es la clásica, la inmarchitable, la que de pequeños escuchábamos embelesados y que después únicamente reconocemos en el ocio infantil y a la que prestamos poca atención o ninguna. No es rebuscada, a pesar de sacarla de su envoltorio habitual. Tampoco moderna. Insisto en que su estado natural es la revelación de la belleza. Blancanieves es, ante todo, por encima de sus muchos méritos técnicos o conceptuales, un película de una hermosura irreprochable. Su revisión de muchos de los tópicos nacionales, mirados a través del cuento inmortal, evita lo
Murnau, Dreyer, Griffith, Stroheim, Eisenstein, Pabst: he ahí la voz en la que Berges quiere contarnos la historia de Carmen, la Blancanieves andaluza, pero no abusa de los clásicos: lo que ofrece es un espectáculo grandilocuente, sensible, cruel al modo en que los cuentos infantiles lo son siempre, inclinando la mirada hacia el débil, registrando la España de una época que no siempre nos vendieron con la fidelidad que merecía, toda vez que fueron los servicios de propaganda del régimen los que la filmaron, borrando lo que no procedía, amplificando lo festivo. No se precisa un adiestramiento cultural para ver Blancanieves sin caer en el sopor que alguien me confesó haber tenido. Se ve con absoluta fluidez, no se embarra en filigranas cinéfilas y tiene una banda sonora que apuntala lo que la palabra hablada no dice.
No sabe uno si se ha abierto una veda de mudo en la máquina del cine. El formato requiere un mimo que otros no precisan. Tampoco creo que haga falta abusar de una manera de hacer las cosas que pueda parecer artificiosa, pero que estimula al cinéfilo aburrido, el que disfruta con el expresionismo alemán en la negritud del salón doméstico, convertido mágicamente en un artefacto digno de Wells, que viaja en el tiempo y regresa después a casa. Al día siguiente de ver Blancanieves, programé una noche muda y en blanco y negro. Vi (muy gozosamente) el Nosferatu de Murnau. Me provocó la misma bendita zozobra que cuando la vi por primera vez, en una sala de esas de arte y ensayo, cuando uno iba al cine a aprender más que a disfrutar. Torpe y hambriento que era uno.
Lo mejor: No hay nada que sobresalga sobre el resto.
Lo peor: Nada que objetar a su belleza
