Lejos de ser una función perfecta, Argo se reblandece en su tramo final, cuando el director privilegia un suspenso chusco, como de erotismo barato, oportunista como pocos. Sobran los subrayados políticos (en ocasiones muy tímidos) y brillan los estrictamente cinematográficos: geniales los personajes de John Goodman y Alan Arkin. De lo que dicen y de cómo se comportan se podría sacar material para otro film, no lo duden, pero hay un aroma clásico que rezuma amor por el cine clásico, liberado de texturas modernas, esforzado en ofrecer un espectáculo completo. Affleck, discreto como actor, brilla en los tres films que ha dirigido. Ninguna de sus tentativas frente a las cámaras (salvo Hollywoodland, que le valió el aprecio de la crítica) rivaliza con su oficio detrás de ellas (Adiós, pequeña, adiós y The town, ciudad de ladrones, impecables muestras de cine policiaco con idéntico sesgo clásico).
Contemplada como una lección de Historia, Argo es un artículo enciclopédico malo en el que el autor suprime los datos de interés y revisa únicamente los tópicos, los trazos más evidentes, los que se recitan en un juego de mesa. Ben Affleck prescinde de la política y se deja querer por el material narrativo, que es excelente. Contemplada solo como un producto de ficción (aunque narre unos hechos reales y se impregne, sobre todo al principio, de un maravilloso tono documental) Argo es una lección de cine. Impagable, por fijar en la pantalla durante buena parte del metraje, la querencia de Affleck (y de su excelente guionista Chris Terrio) por la bendita iconografía de la ciencia-ficción de esos años. Se te saltan las lágrimas con el merchandising galáctico que adorna el dormitorio del hijo de Méndez, el personaje de Affleck. Literalmente.
Lo mejor: La ambientación, el ritmo.
Lo peor: Que al final decline todo y se deje llevar por un melifluo sentido del patriotismo.
