Esto es como si, dentro de 100 o 200 años, a algún iluminado se le ocurre hacer una película sobre Rajoy porque ha pasado a la historia por hacer algo importante, que no bueno, como por ejemplo cargarse el estado del bienestar. Y entonces nos lo sacan en pantalla haciendo gala de su “retranca” gallega, contando anécdotas y chistecillos sobre otros dirigentes (Angela Merkel, por ejemplo) o políticos de otros partidos. Para dar mayor solemnidad al asunto, el director nos castiga con innumerables contrapicados (para dejar constancia de la altura física, que no moral, del personaje) y primeros planos de perfil que solo buscan incidir en el gran parecido físico entre el actor que lo interpreta y el personaje real.
Admito que cuando se inicia la votación en el Congreso, si es que has conseguido llegar hasta ahí a través de los vericuetos y las idas y venidas de emisarios y congresistas, en esa negociación, a veces clara y otras no tanto, tiene cierta emoción porque logra transmitirte que estás asistiendo a un momento histórico.
¡Pero dura poco! Y el final, asesinato incluido, lo único que te hace es exhalar un suspiro pero no de pena, sino de descanso pensando: “¡por fin se ha terminado!
¡Ah! y aunque Daniel Day-Lewis es uno de mis actores favoritos, no creo en absoluto que se merezca el Oscar por esta interpretación. Vamos a lo de siempre, admito que la caracterización es muy buena, por tanto, que se lo den a los de maquillaje, peluquería y vestuario, pero ya está.
Si tuviera que destacar algo de la película, bueno a alguien, sería sin duda a Tommy Lee Jones.
Lo mejor: Como he dicho, Tommy Lee Jones.
Lo peor: Es larga y aburrida
