Jeff Nichols cuenta una vez más con su actor fetiche, Michael Shannon, un perfecto escultor de traumas, la imagen palpable de la construcción de diferentes obsesiones. Para muchos, se ha convertido en una cara bastante conocida, un sinónimo de calidad asegurada. En esta ocasión, el “rarito” de Shannon, vuelve a desarrollar el papel que tanto le gusta y tan bien le sienta. Un hombre de clase media-baja norteamericana que comienza a experimentar brotes psicóticos agudos, introduciéndose de cabeza en la paranoia más intensa, confundiendo realidad y ficción a su antojo, aterrorizando a todos los que le rodean y a si mismo . Con un historial familiar que asusta, el protagonista casi absoluto, da vida a un personaje con el que ha cosechado numerosos premios y aplausos a lo largo y ancho de diferentes festivales. Una merecida trayectoria que no se ha visto reflejada con el premio de la nominación a los Oscar. Una lastima.

El reparto lo completan algunas de las caras más interesantes del cine independiente americano. La sublime Jessica Chastain, a la que 2012 le ha dado tan buen resultado, repite el papel de madre sufridora, tras cautivar a medio mundo con la frágil madre del Árbol de la vida. Simple y eficaz. Shea Whigham, o el hermano de Steve Buscemi en Boardwalk Empire, cumple como amigo, evolucionando sin saberlo al lado del enemigo.
Muy correcto todos los aspectos técnicos de un film, en el que destaca la banda sonora, una composición sin florituras que aporta credibilidad cada vez que irrumpe en escena. El paisaje compuesto para la ocasión, y la compleja disección del retrato de la américa profunda forman una de las propuestas más estimulantes de los últimos tiempos.
Lo mejor: La atmósfera creada por el perturbador Shannon
Lo peor: El guión juega con trampas
