Todo transcurre en el año 480 a.C. cuando Grecia se siente amenazada por la conquista persa. Leónidas I, rey de Esparta, ordena el ataque defensivo contra el innumerable e indestructible ejército liderado por Jerjes I. Con la exigua legión de trescientos soldados espartanos, con sus torsos fornidos y sus cuadriculados abdómenes al aire, pretende enfrentarse a todo un imperio con un poco de coraje. Ver para creer ¿Verdad?, pues así es. El colmo sería que salieran victoriosos, aunque no me extrañaría porque nunca viene mal un poquito de ayuda de los dioses. El director Zack Zinder junto con 300 profesionales, realiza un espectáculo de aparatosa estética visual y vacío emocional y sustancial. La espectacularidad y la épica de sus batallas residen en el simple significado, que todos conocemos, de diversión. Sus gritos de guerra se asimilan a los rugidos del hombre prehistórico, su desgastado y roñoso vestuario parece sacado del rodaje de una película arcaica y sus capas rojas reflejan la figura ruda, robusta y arrogante de un “héroe” artificial.
Lo mejor: Su apariencia visual a la de un cómic.
Lo peor: Metraje excesivo para una historia banal.
