Sin duda tiene muchos puntos en común con Vivir para siempre, de Gustavo Ron, ya que la base argumental es la misma, la de un niño enfermo terminal que quiere experimentar lo que no va a poder vivir, sin embargo el enfoque del drama y el tono son bastante diferentes. En esta cinta abundan las imágenes oníricas con aire a surrealismo cómico francés tipo Amelie, con colores muy chillones que contrastan fuertemente con la fotografía sombría y fría que retrata la realidad del hospital donde está ingresado el protagonista. El niño Amir Ben Abdelmoumen está muy bien en su papel, difícil para alguien de su edad, pero es de justicia reconocer que la gran estrella de la función es la actriz Michèle Laroque en su papel de Rose. Transmite mucha energía y tiene una gran presencia en pantalla. En papeles secundarios destaca la figura siempre carismática del veterano Max Von Sydow.
La película es la segunda incursión como director del escritor Eric-Emmanuel Schmitt, que debutó tras las cámaras en 2006 con Odette, una comedia sobre la felicidad. En ambos casos se trata de adaptaciones de sus propias novelas a la pantalla. El resultado final es una buena película con algunos momentos divertidos y otros emotivos, que se deja ver con agrado.
