Como él mismo ha reconocido en varias entrevistas, desde Los Primos (Les Cousins, 1959), su segunda película, plantea con recurrencia un triángulo basado en tres sujetos: Charles, Helene y Paul (en varias ocasiones, como en la que nos atañe, ni siquiera se molesta en cambiar el nombre a algunos de los protagonistas). Charles y Paul representan en su filmografía todas las variantes de la victima y el verdugo, incluyendo el intercambio de papeles a lo largo del metraje; mientras que Helene suele ser la desencadenante de la acción. Se trata de un personaje ambiguo, generalmente interpretado por la musa de Chabrol en gran parte de su carrera: Stephane Audran. Digamos que el paradigma de Helene es el representado en La Femme Infidele. Se trata de una mujer distante, sensual, infiel, pero que comprende las muestras de celos de su pareja, e incluso las pulsiones violentas, ya que las ve como pruebas de amor.
Para el realizador, Helene es una figura de porcelana –atentos a la escultura que se convierte en el arma del crimen ¿es un busto de Helene?-, la cámara la fotografía semidesnuda, en ropa interior, pintándose las uñas de los pies en el cuarto de baño, o tumbada en la cama o en el césped, como si fuera una diosa del Olimpo. Chabrol participa en el drama cuando Stephane Audran posa para él, mientras el resto de personajes se mantiene al margen. La relación entre objetivo y actriz se convierte en otra infidelidad más.Por otro lado, el director sigue fiel a sí mismo cuando opina, en boca de sus personajes, que se vive mejor en el campo que en la ciudad, o que la televisión es denigrante. Tampoco se olvida de la gastronomía como solución perfecta para la puesta en escena con diálogos. Y hasta se concede un auto-homenaje cuando el protagonista pasa de largo un cine en el que anuncian Las Ciervas (Les biches, 1968), su filme anterior.
La Mujer Infiel es una buena oportunidad para admirar la forma de rodar de Claude Chabrol, desde el principio hasta el final: así, el manejo del foco en el arranque nos anuncia el conflicto cuando distorsiona la perfecta imagen de familia feliz y da paso a los créditos; y el travelling final de Helene, en primer plano, resulta clarificador –perfecta Stephane Audran cuando su sorpresa se va transformando poco a poco en sonrisa-; aunque de todas las escenas nos quedamos con la secuencia del crimen. La referencia a Hitchcock es inevitable y la ausencia de música preside una sucesión de encuadres a cada cual mejor.
Sólo nos queda avisar, al lector que aún no haya visto La Femme Infidele, que no piense que durante una hora y media va a ser un espectador pasivo. Nada de eso. El director le va a pedir que colabore con él. Ya verá como se sorprende trabajando en la elaboración de los diálogos que faltan. Aquellos que el director insinúa con silencios y miradas entre los protagonistas. Es decir, que se prepare para disfrutar del mejor cine de Claude Chabrol.
