Puede que el argumento suene bien, y de hecho es bastante llamativo, pero La última legión es una película mediocre hasta la médula, por una razón muy sencilla: es demasiado infantil. Está claramente dirigida a un público joven y ello repercute notablemente en cada fotograma. Por si fuera poco, todo el conjunto huele a postizo, desde los mediocres decorados hasta el vestuario. Si además sumamos unas interpretaciones muy ajustadas, poco más podemos encontrar de provecho en la película, salvo que, al menos, es dinámica y bastante entretenida, siendo esa su mayor virtud, que siendo una cinta tan mala, entretiene.
Las batallas son ágiles y frenéticas en su mayoría, pero en absoluto creíbles, están muy mal coreografiadas y no muestran la más mínima gota de sangre, lo que resta realismo y perjucida claramente al resultado final. Claro que, hay que entender que el responsable de la cinta es el director, Doug Lefler, en cuyo curriculum figuran cosas tan lamentables como Dragonheart 2: Un nuevo comienzo o el más potable episodio de la serie Mortal Kombat: Conquest, Cold Reality.
La última legión no busca ser realista en ningún momento, pero llega un momento en el que, aunque sepamos que no podemos tomarnos nada en serio, tiramos la toalla ante la contínua retaíla de tonterías y sandeces que se sudecen en la pantalla. Lo peor, sin duda, es el final, tan esperable, sensiblero y estúpido como cabía esperar.
Poco más hay para destacar en una cinta de romanos de lo más prescindible y tan sumamente mediocre, cuyo visionado quedaría justificado únicamente en caso de no tener nada mejor que ver un domingo por la tarde. Y ahí queda eso.
Para ver una buena de romanos, me quedo con Centurión, de Neill Marshall.
Un 3.
Lo mejor: Entretiene.
Lo peor: El resto. Es decir, malos actores, malas batallas y un largo etc. de despropósitos que convierten a esta postiza cinta en un paquete de consumo rápido y olvido inmediato. Y el infantilismo que emana.
