Yo creo que a Clint Eastwood se le da infinitamente mejor contarnos la crónica de la desazón, los versos del capitán que observa cómo se le hunde el barco que este episodio triunfalista, previsible, emocionante en muy pocos tramos y despojado casi por completo de interés cinematográfico. Se agradece, no obstante, que Invictus no sea un biopic puro. No lo es en modo alguno. Eastwood se mueve con desparpajo en la (relativa) sencillez del episodio fundacional del argumento, es decir, el hecho de que se le encomiende a un simple partido de rugby internacional el levantamiento de un sentimiento nacional identitario, que borre la huella infame de un apartheid largo y doloroso. Se mueve con oficio, es cierto, pero abandona el mimo con que en muchas otras ocasiones trata a sus personajes. Salvo el de Mandela, un antológico Freeman, las demás piezas de este pequeño divertimento del maestro son de una vacuidad bochornosa. El propio Piennar, que Matt Damon ejecuta con poco entusiasmo, está desaprovechado. Y fuera de esos dos protagonistas, no hay nada más. Insustancial, obligando a que el partido de marras libere todo el aburrimiento acumulado, Invictus es un espectáculo gris al que uno asiste con un respeto infinito. Eso es lo que tiene Eastwood: que incluso sus flaquezas se perdonan. El buen cine, el bueno de verdad, no está cargado de buenas intenciones. No le hace falta.
Lo mejor: Freeman, Freeman, Freeman
Lo peor: Que esté Clint Eastwood detrás
