Hurgando, por ver las tripas de la máquina, uno ve que la metafísica inherente a la ciencia-ficción buena, está aquí sustituida por un vertiginoso (y a veces incoherente) relato tecnofóbico, de apariencia agradable, en el que nada chirría en exceso pero donde nada (créanme) fascina ni siquiera un segundo. Se deja ver con absoluta indiferencia. No nos hiere: no nos emociona. En ese limbo imbécil de cine ramplón, Los sustitutos ofrece lo que algunos centros de comida rápida: fotografías impresionante de las viandas, amplias vistas al confort del establecimiento, pero luego comprobamos, a pie de mesa, que todo mengüa y nada es lo que nos dijeron que iban a vendernos. No obstante cumplimos el rito, salimos del cine, echamos pestes del engañabobos en el que hemos picado y aceptamos, entre risas, que igual volvemos en cuanto nos receten otra dosis de vacío perfecto. Algo así como la vida de esos seres humanos que se ven en la película: cómodamente instalados en su butaca, enchufados a la máquina, guiando sus alter-egos, sus robots antropomórficos. Sus dueños están a salvo, en ese edén digital que les evita el rigor de lo real, la asfixia de las calles, el roce con los otros. Como si un espectador prefiriese estos apaños palomiteros en lugar de películas de mayor fuste. Ésta acumula imágenes y planos, esplende en su vigoroso cromatismo, pero no da la talla en convicción, en profundidad, en peso. Y bien pudiera.
Lo mejor: Lo que podía haber sido
Lo peor: Lo que es
