Avatar no necesita tramas complejas: los protagonistas son unos bichos un tanto extraños con cola y que se comunican de una forma muy particular con la naturaleza de su planeta, Pandora; su mundo se verá amenazado por las ambiciones de los seres humanos, que siempre están ahí para fastidiar cualquier esperanza de un mundo mejor.
Lo importante en Avatar no es la trama; no importa si vemos o no la famosa escena de sexo que Cameron decidió eliminar para que los peques también pudieran ir a ver su película; da igual si el argumento nos sabe a poco. Lo realmente importante es que, sin apenas darnos cuenta, nos pasamos dos horas y media delante de una pantalla viendo paisajes de ensueño en 3D. Tenemos una película pensada para ver en tres dimensiones de la que salimos pensando que ha valido la pena gastarse ese plus que supone ver la profundidad en las imágenes. Y además, nos ha tenido un rato entretenidos.
No sé si el futuro del cine será el 3D. Pero lo que está claro es que la gente está saliendo de casa para ver algo diferente. No vale con descargarse la película en el ordenador, al menos de momento. Avatar nos lleva al cine para viajar con la imaginación. Bien por James Cameron.
