Con este hecho histórico, el director y co-guionista Andrzej Wajda (ganador en el 2000 del Oscar honorífico por el conjunto de su carrera) recrea una película con una ambientación fabulosa y un uso de la cámara experto y preciso. Los planos describen a la perfección la situación y drama de unos personajes interpretados por actores polacos desconocidos fuera de sus fronteras pero que saben expresar todos los sentimientos, crudezas y vicisitudes que la película les ha deparado.
Con un buen reparto y una mejor dirección, damos con el gran desacierto del filme, un guión que aunque no cae en sensiblerías no es capaz de sostener una tensión dramática aceptable durante el transcurso de casi dos horas. La segunda parte se hace pesada y aburrida, el ritmo decae cuando los presos desaparecen de la pantalla, la vida de las mujeres con familiares desaparecidos en Katyn no resulta tan profunda como se esperaba. En realidad no hay errores de guión, lo que ocurre es que Katyn no cuenta nada nuevo, y lo que nos narra lo hace de una forma tortuosa y nada sorpresiva, el final lo conocemos mucho antes de que esto ocurra, lo que no ayuda a mantener la atención suficiente en una historia que no nos aporta nada novedoso.
Si la intención de Wajda era desenterrar del olvido el crimen atroz cometido en Katyn, lo ha conseguido, de toda la película me quedo con su espeluznante final que proporciona los mejores momentos, aunque macabros, de la película.
Lo mejor: La realización.
Lo peor: La duración.
