En Año Uno veremos como un par de cavernícolas sin muchas luces se adentran en un mundo para ellos desconocido donde conocerán a multitud de personajes del Antiguo Testamento. Esta peculiar comedia bíblica, aunque lo intente, no encontrará la estrella fugaz que les guíe por el camino del humor. Los chistes acaban por ser repetitivos y la falta de inventiva se hace patente en una historia de la que conocemos su final mucho antes de que este aparezca en la pantalla. Y esta falta de originalidad no es el mayor problema, las escenas son a cual más ridícula y los diálogos siguen el mismo reguero conformando una historia monótona y carente de atractivo.
La pareja protagonista Jack Black (Escuela de rock) y Michael Cera (Juno, Supersalidos) conforman lo mejor de la película, parece que se encuentran cómodos en las comedias ligeras, lástima que esta sea más absurda e irreverente de lo que viene siendo habitual. También me agradó encontrarme a Olivia Wilde –más conocida por su papel de la Dra. Remy "Trece" Hadleyen en la serie House– que interpreta en esta ocasión a una princesa sedienta de poder, supongo que habrá elegido el papel, como el resto del reparto, para llenar el curriculum porque está claro que Año Uno no brillará en la historia del cine.
Tampoco es la intención de Año Uno, producida para morir prematuramente, una película de bajo presupuesto que busca a su público fiel para obtener beneficios y no salir con números rojos y, en estos tiempos que corren, ya es decir bastante, puro negocio.
Lo mejor: Jack Black y Michael Cera.
Lo peor: El guión.
