Aparte de la susodicha calidad técnica, lo mejor de Sin City es su portentoso reparto, las acertadas interpretaciones –en cuya cúspide sitúo a Bruce Willis y Mickey Rourke– será lo mejor que encontremos en una película sin ritmo y en la que la voz en off se acaba convirtiendo en un tortuoso martirio. Miller no consigue trasmitirnos los pensamientos de los personajes mediante sus acciones, y a falta de bocadillos, nos lo cuenta en abominables monólogos. Miller consigue trasmitir el ambiente de sus cómics, pero falla en la confección de la trama dividida en tres historias que no tienen nada que ver entre sí. Aunque en la parte final las intente unir con cola, no es difícil apreciar que ha sido un mero truco chapucero. Las historias independientes nos sacan y meten en la película de manera brusca y desacertada lo que provoca que nunca estemos inmersos en la historia. La violencia genera venganza, y la venganza genera más violencia, esta será la única conclusión interesante que obtengamos de Sin City, a la que le falta una mayor tensión y gracia al presentarnos el horror humano.
Y todo se hace menos creíble con la manera de rodar de los directores, con secuencias cortadas sin compasión y un abuso del monólogo que hará más pesado si cabe su visión; la continua violencia y las bellas mujeres semidesnudas no son suficientes para desatrancar un gris historia que se ahoga en su propio fango, es muy difícil ser inteligente y entretener cuando la profundidad y el saber narrar mueren prematuramente.
Lo mejor: El reparto y fotografía.
Lo peor: El guión y dirección.
