La carnalidad y el misticismo, el punto gótico y la artillería de tópicos no concurren en Déjame entrar. Tampoco encontrará el espectador cuerpos adolescentes que se comban al dictado de las hormonas. Indaga Alfredson, apoyado en el texto de John Ajvide Lindqvist de su propia novela, en materiales de más noble ascendencia y vuelca una sensibilidad ajena, a lo visto, al género con el menor número de aditamentos posibles: reduce el atrezzo a habitaciones vacías, y el paisaje lo desarma de todo brillo para entregarnos un atrezzo frío, desangelado, convertido en extensión misma de la frialdad y de la desubicación en la que viven los dos protagonistas, esos dos niños marcados por circunstancias muy particulares; ambos, en todo caso, entre la desolación y la ternura, zarandeados por una sociedad que no acepta la disidencia, testimoniando que los iguales, en la adversidad, se llaman y hasta recrean, en su intimidad despojada de afectaciones y de falsos protocolos adultos, una historia de amor prodigiosa, ágil, estupendamente bien contada y muy inteligentemente cerrada, una que no precisa alardes técnicos o textos impostados para contar lo que cuenta.-
Desconectada del modo americano de hacer films de vampiros, Déjame entrar ilumina un campo de acción muy primitivamente europeo que nace en los albores del cine y adopta al vampiro como protagonista de algunas de sus más fiables muestras de talento. El Nosferatu de Murnau no tiene ninguna posibilidad de reconocerse en la crepuscular trama de la cinta sueca: la investigación que realizan Alfredson y Lindqvist es de rango moral, frágil y decepcionante en su vertiente infográfica, adscrita a la literatura y casi indie en su concepción minimalista, amateur, desmecanizada. La disciplina interior del film aspira a lo emotivo más que a lo espectacular: de hecho, no funciona como película de terror ni su construcción formal violenta la precisión narrativa. Manejando un lenguaje ameno, evitando el burdo engaño en que se podría haber convertido el film caso de que la productora hubiese metido excesiva mano en su política de captación de público. Déjame entrar parte de una muy vendida novela (que no he leído) que de seguro reverdecerá ventas con la irrupción en la cartelera de esta formidable cinta.
Es relevante que Crepúsculo, la hermana artísticamente empobrecida, el pariente lejanísimo que de pronto ha desprotegido la sobriedad mediática de Déjame entrar, esté siendo un éxito en taquilla. Conviene que los géneros se avituallen con productos tan marcadamente distintos. Uno, afiliado a una franquicia imparable, sometido a un merchandising a prueba de caos económico; la otra, la nuestra, deliberadamente otro tipo de educación cinematográfica, más en consonancia con la geografía, menos iluminada por la efervescente y superficial mirada del cine americano palomitero. Conste en algún acta que el lector improvise a renglón de lo leído, que el cine de palomitas merece toda la admiración que podamos entregarle: nadie se inicia en este noble arte entrando a saco, en ciertas edades, en materiales de mayor injerencia adulta. Crepúsculo, que no he visto, que no he leído, debe ser un producto noble, necesario para que la industria no pierda elasticidad, no se quede en un rescoldo intelectual de clientes sibaritas que no son capaces de encontrarle el encanto a las piruetas circenses de Steve Martin vestido de Papa. Juro que yo las busqué, que vi la gracieta en los gestos, pero no dudo que los usuarios con menor tallaje y de exigencias menores habrán disfrutado horrores.
Lo mejor: El lirismo: la sensación de que la historia, aun conocida, está siendo contada por primera vez; los dos protagonistas; la fotografía; la nieve perpetua...
Lo peor: Que haya salido al tiempo de Crepúsculo...
