La película empieza con una ambientación muy a lo Indiana Jones, pero con chicas desnudas por aquí y allí. Nos encontramos en los años 30, en algún lugar del exótico oriente, en un embarcadero donde suceden robos, tiroteos, disturbios y atropellos, lo normal para cualquier muelle de mala muerte que se precie. Unos ladronzuelos están saqueando la mercancía de los barcos cuando se topan con Gwendoline, el tipo de hembra que todos nos pediríamos para reyes. Los maleantes pretenden vendérsela al amo de un casino/bar de striptease, pero cuando éste le rasga las vestiduras para comprobar la mercancía, un atlético marinero entra por la ventana, mata a los malos y desata a la chica. Más tarde el marinero intenta deshacerse de Gwendoline y de su criada, tirándolas a ambas a los cocodrilos, pero fracasa y surge el cariño, así que acaba acompañándolas en su búsqueda de un rarísimo espécimen de mariposa. Esta aventura les llevará a través de junglas y desiertos, donde correrán peligros y se desnudarán continuamente, hasta llegar al país del Yik Yak, un lugar subterráneo habitado por unas sádicas gladiadoras en tanga.
Gwendoline es una película básicamente adulta, donde hay gore, sexo, fetichismo y sadomasoquismo por doquier, unos elementos que pueden sonar un tanto fuertes, pero que aquí están tratados de forma frívola y festiva, de tal manera que la cinta adquiere un tono de aventura ligera. La búsqueda del extraño ejemplar de mariposa, ese hecho que supuestamente motiva la acción y que sirve como metáfora de la virginidad de la protagonista, llega al espectador de forma un tanto nebulosa y es uno de los MacGuffins con menos peso que he visto en mi vida. En ningún momento se esconde que el auténtico motor de la cinta es el bondage, ya que la trama podría verse como una sucesión de sketches en que los protagonistas son perseguidos, atrapados, maniatados de forma estético-erótica, para luego ser liberados y vuelta a empezar. Una idea que se ve reforzada en la mojigata versión para la televisión, ya que la censura echó mano de las tijeras y dejó el montaje hecho unos zorros.
La primera parte del metraje toma su imaginario de los pulp magazines, sobre todo por lo que concierne a la atmósfera y al personaje de Willard, la arquetípica figura del antihéroe varonil. Pero tras la llegada al país del Yik Yak todo adquiere un matiz de erótica fantasía kitsch, con un pié puesto en el péplum italiano y el otro en la subcultura del cuero. Los decorados y el vestuario también tienen un fuerte toque 80’s, y uno debe frotarse los ojos en varias ocasiones para creerse lo que está viendo (me parece que es la película a la que le he hecho más capturas de imagen). De todas las escenas yo me quedo con la carrera de cuadrigas, algo que recuerda la secuencia más emblemática de Ben Hur (1959), solo que en esta versión los caballos son substituidos por bellas amazonas (un hecho totalmente ridículo, si uno se para a pensarlo, pero de un fetichismo sobrecogedor).
Como apunte final, señalar que sorprende los medios y el presupuesto del que hace gala un filme con tanta vocación de serie B, algo que queda reflejado en los decorados y en la ambientación, mucho más resultones de lo que cabe esperar en este tipo de productos. Básicamente la cinta puede tomarse como un Indiana Jones nudista, donde se transita el subgénero de “los mundos y/o razas perdidas” con mucha desfachatez, humor y un sin fin de tetas al aire.
La frase: «“¡Tráeme a tus chicas y empezaré la repoblación!”»
La frase 2: «“No puede hacer el amor como todo el mundo, ¡no! Tiene que liarse a latigazos, torturas, batallas…”»
Lo mejor: La carrera de cuadrigas.
Lo peor: Los abruptos saltos en el montaje causados por la mojigata versión televisiva.
