El culto al triunfo en la sociedad, a través de casposos, vacíos y demenciales concursos de belleza infantil (en este caso), queda eficazmente retratado en es primer estupendo trabajo tras las cámaras de los directores del filme, matrimonio en la vida real, dicho sea de paso.
Sí que es cierto que todo, absolutamente todo, está exagerado, pero no tanto como uno/a pudiera pensar.
Ver a las niñas, con ese aspecto de muñecas barbies, repipis, fisicamene retocadas hasta extremos deleznables, da vergüenza ajena…o quizás no, que eso sería lo peor y cada cual debe reflexionar hasta qué punto está bien o no.
Gracias a un medido, muy ingenioso guión, los peligrosos valores sociales sin ética alguna, que proporciona el culto al triunfo, y lo que es peor, la destrucción personal del derrotado, quedan expuestos de forma clara, siendo su impacto mayor, al utilizar como arma arrolladora el humor. Un humor que va de lo simple a lo grotesco, de lo absurdo a lo cotidiano.
Estupendas interpretaciones, con el impagable abuelo, excelentemente interpretado por el veterano y siempre soberbio Alan Arkin, y una comicidad apabullante, que va de menos a más, hasta llegar a sus últimos quince minutos, verdaderamente desternillantes.
Al final, logicamente, deja muy buen sabor de boca, aunque los más puristas (como comprobé en el Festival de Donostia) digan aquello de que, en realidad, sí, está bien, pero es facilona y muy comercial. Vamos, una americanada.
Ni que decir que no estoy de acuerdo con ellos. Creo que es una buena comedia, muy divertida y con gran fondo. Una película completa, amén de entretenidísima.
Lo mejor: Su delicioso humor.
