Muy bien dirigida, con unos excelentes diálogos, soberbias interpretaciones, sobre todo a cargo del gran Raymond Massey, que compone un personaje preciso y muy difícil de interpretar por su dualidad de hombre duro e inclemente pero en el fondo honrado y deseoso de hacer el bien.
La relación entre el protagonista y Patricia Neal, bellísima y muy sensual, está narrada claros momentos de erotismo, algo impropio de la época en la que se rodó. Y el discurso de Gary Cooper al final, en el juicio, es uno de los mejores que se hayan podido oír en una película…dejando a parte si se está de acuerdo con él o no.
Porque esa ese es precisamente el espíritu de la película, el que se narra la forma de pensar de un creador, en este caso un arquitecto, para el que lo único importante es su trabajo, la idea que debe desarrollar, por encima de intereses económicos o sociales, sin importar si servirá al bien colectivo o gustará a la mayoría. Una forma de ver una creación que no es plato de todos los gustos.
Lo mejor: Raymond Massey. El discurso final del protagonista.
