Frank Langella borda su papel y se come, literalmente hablando, a Michael Sheen que a veces aparece un poco apagado. Esta pareja tendrá una peculiar lucha interior y exterior que se verá reflejada en una dura batalla dialéctica, Frost querrá ser reconocido como un gran entrevistador y no como un simple “hombre espectáculo” y Nixon desea que la gente olvide sus errores y le reconozcan como el héroe que nunca fue; por ello, elige como entrevistador a un débil Frost, alguien fácil de aplacar en el plató, pero no será tan fácil, en parte por el buen equipo de investigadores que rodea a Frost. La entrevista irá avanzando hasta su parte final que aunque se presupone que el espectador conoce como acabará la historia no dejará de sorprenderle.
Un humor inteligente y ácido se manifiesta en toda la cinta –en parte gracias a la labor de Peter Morgan– que tiene algunos altibajos antes de su parte final. Ron Howard consigue que la expectación vaya creciendo e incluye entre medias de la película, a modo de documental, entrevistas cortas realizadas en el futuro a los propios protagonistas. Rodada con corrección pero no con brillantez, quizá si hubiese caído en otras manos se hubiera conseguido un mejor resultado. Pese a todo, la entrevista no desmerece y consigue que no solo capte el interés de profesionales de la comunicación o de la política, el público en general sabrá apreciar las buenas intenciones de esta entrevista que marcó un hito en la televisión mundial: un primer plano puede decirlo todo.
Lo mejor: La interpretación de Langella.
