Pero en esta ocasión lo hace con un planteamiento distinto, más rico en sugerencias y ambigüedades.
Es tan elegante como siempre, lleno de buen gusto por los detalles y los cuidados y directos diálogos, pero con el personaje excelentemente interpretado por Daniel Auteuil, logra incluso incomodar al espectador, dada su frialdad al (no) mostrar sentimiento claro alguno. Un hombre incapaz de sentir lo que la mayoría de los seres humanos sienten cada día, cada segundo, incluso.
Además, Sautet, nunca nos dice exactamente si lo que siente el personaje es real o no. por lo que, aunque no podamos ponernos en la piel de dicho hombre en ningun caso, sí que sentimos algo profundo hacia él, aunque no sepamos bien qué.
Algunas escenas son maravillosas, como la del restaurante, con una Emmanuelle Beart, que no sólo está innmensamente bella, sino que se transforma en una mujer distinta a la que habíamos visto hasta ese momento en el filme.
Por su parte, el extraordinario André Dussollier, compone un tercer personaje, lleno de sensibilidad y humanidad.
Una película en verdad bonita, muy estimulante, con un punto de misterio interior que la distinque especialmente.
Preciosa música clásica.
Lo mejor: Su sensibilidad. Sus interpretaciones...
