El inicio de La banda nos visita es magistral y supone una declaración de intenciones de los protagonistas, una banda de música de la policía egipcia: somos pequeños, somos los que quedan en segundo plano, los invisibles… ¿quién no se siente así en la vida?

Pequeños sí, desapercibidos, antihéroes de un cuento de Sherezade cuya incursión modesta en la vida de los personajes que se cruzan en su camino resulta determinante. Así los paganos reyes magos ofrecen a los habitantes de un arrabal judío todas sus riquezas: una melodía inacabada, una verdad que le consume por dentro o un libertinaje de mil y una noches.

La banda nos visita está repleta de momentos mágicos de vacíos cotidianos que claman necesidades sin saber cómo expresarlas – porque la vida no es un brillante diálogo shakesperiano sino una acumulación de silencios -. Ésa es la belleza de la película: la sencillez combinada con el sentimiento de derrota de personajes que conocemos bien,  y sus agónicos silencios que piden a grito pelado un poco de amor, de cariño o de compañía – como la ronda nocturna en el parque de dos desenamorados sintiendo de nuevo a los cuarenta y tantos la necesidad de la primera cita o la tontura empática y secuestro emocional de los jóvenes patinadores que quieren y no saben qué.

Ante la imposibilidad de entenderse o el miedo a entenderse quizás – por eso juega un papel fundamental los tres idiomas que maneja la película -, callan y dejan que la vida pase, rastrera, soñando que sólo fue un sueño, bonito sueño eso sí.

Es la brutal metáfora de este mundo y sus miserables habitantes que en lo más profundo del alma desean – y necesitan – entenderse pero no se atreven y continúan callados como bestias – de la guerra de odios – en celo.

La invitación que recibe la banda de música de la policía árabe para tocar en un festival israelí – dejando de lado el conflicto bélico latente y el aborrecimiento xenófobo – es la precisa y preciosa excusa – mcguffin que diría Hitchcock – para contar lo verdadero, lo humano de las relaciones; y en ésas, en el cara a cara, no entra la mentira mediática ni el politiqueo sólo los cuentos que cuentan cosas de verdad.
publicado por Francisco Menchón el 8 octubre, 2008

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