El nuevo film de Paul W.S. Anderson -remake de una cinta producida por Roger Corman en 1975- se sitúa a medio camino entre la acción, llana y simple, y la ciencia-ficción que presenta un futuro no muy lejano, con una tierra post-apocalíptica, ya sea provocado por una catástrofe natural, una nueva guerra mundial o una hecatombe financiera.
La principal virtud de Death Race (La Carrera de la Muerte), y por lo general de todo el cine de Paul W.S. Anderson, es la honestidad de su propuesta así como la falta de pretensiones más allá del mero y sencillo entretenimiento. La película ofrece lo que promete, grandes dosis de acción, violencia, sangre, adrenalina y testosterona que los más fervientes amantes del género sabrán apreciar. Las secuencias de las diversas carreras que se suceden a lo largo de la cinta están muy bien rodadas y resultan impactantes. Sin embargo, lo que falla de Death Race (La Carrera de la Muerte) son las escenas de relleno entre una y otra competición. La historia es obvia, previsible y de una simpleza ciertamente insultante para cualquier espectador con dos dedos de frente -y hasta para los de uno y medio-. El ligero toque de ciencia-ficción post-apocalíptica heredero de la original La Carrera de la Muerte del Año 2000 chirría bastante, y Paul W.S. Anderson hace bien al limitarlo únicamente a los primeros minutos. Es una lástima ver a actores como Ian McShane o Joan Allen desperdiciados de esta manera, sin mencionar a Jason Statham, un actor que brilló junto a Guy Ritchie, perdido en una larga serie de despropósitos desde que emigrara a Hollywood.
Death Race (La Carrera de la Muerte) es una película con emocionantes y trepidantes escenas de acción que entusiasmarán a los más fervorosos amantes del género. Quien espere algo más que un simple chorreo de adrenalina y testosterona, lo pasará mal con el film.
