El director John Herzfeld (responsable, entre otras películas, de 15 minutos, aquel estimable thriller protagonizado por Robert de Niro y Edward Burns en 2001) firma este producto que no parece tener mayor pretensión que la de convertirse en mero pasatiempo para una tarde de verano. Así, el guión, con la inevitable sucesión de persecuciones, tiroteos y equívocos, consigue aportar la dosis mínima de interés para que el espectador permanezca atento a los hechos que ocurren en pantalla. A ello contribuye también la duración del metraje, que evita pecar de excesiva (cosa que es de agradecer en una propuesta de estas características).
Por contra, desde el punto de vista de su manufactura, conviene apuntar que Bobby Z a ratos semeja un vulgar telefilme de sobremesa (o una de esas películas que aparecen directamente en el mercado dvd) más que un proyecto destinado a su estreno en salas comerciales. Aparte de esta evidente falta de ambición artística, destaca negativamente cierta indefinición si de personalidad hablamos. Incluso ahora, un par de días después de haber visto la película, sigo sin comprender cuál era la intención primaria del realizador, pues la obra camina entre el ejercicio de estilo imitando al dúo Rodriguez/Tarantino, las cintas de Van Damme e incluso algún episodio de Los vigilantes de la playa. Todo este cóctel rematado con un final que tira del tópico. En cuanto al reparto, Paul Walker se limita a repetir (con un par de llaves de lucha más) el papel que le dio fama en la frenética A todo gas, y la atractiva Olivia Wilde (vista recientemente en la serie House) se queda simplemente en la chica de la historia. Ni siquiera dos ilustres veteranos como Fishburne y Almeida consiguen con su habitual buen hacer rescatar a Bobby Z de la mediocridad.
Lo mejor: Laurence Fishburne.
Lo peor: Su manufactura. El previsible desenlace.
