Sebastián , un delincuente de chándal y navaja, sale de la cárcel, y lo primero que hace es visitar a su tía para robar el dinero que la pobre mujer esconde en la pata de una banqueta. Hugo Silva borda un personaje muy bien conseguido, tan ambicioso como el protagonista de “El precio del poder” (resulta inevitable pensar en algún momento que Sebastián ha visto esa película en el penal de Ocaña, del que acaba de salir), pero casi al límite de la normalidad mental. Cuando su tío Paco le embarca en un autobús con rumbo a Galicia, tiene la oportunidad de conocer a Regueira, propietario de una industria pesquera que sirve de tapadera a un negocio de tráfico de drogas.
Gracias a una inocente trampa que le tiende a Raúl, el encargado de Regueira, Sebastián empieza a trabajar en “Isolina”, la empresa pesquera. Raúl está interpretado por Celso Bugallo, el de “Los lunes al sol”, un extraordinario actor que debería prodigarse más en nuestro cine. Utilizando al maduro encargado como trampolín, Sebastián consigue finalmente entrar en contacto con Regueira y con su lugarteniente Antonio (Carlo Sante, todo un descubrimiento por mi parte). A partir de ese momento, comienza la subida de Sebastián, y sin que él mismo pueda controlarlo, su destino.
“Agallas” es una película que destila humor negro del más inteligente, suspense, inteligencia, mala leche, juego al despiste, inocencia (representada sobre todo por el pobre Sebastián) y la absoluta falta de escrúpulos de Regueira. Se asemeja bastante a “El precio del poder” en su planteamiento, pero pasado por el tamiz de las mariscadas, el albariño y las angulas. Siempre resulta fascinante la figura del narcotraficante gallego, amigo del buen comer, de la ostentación entre sus paisanos, y amante de su familia, pero si a ese narcotraficante le interpreta además un Carmelo Gómez en estado de gracia (ojalá que nunca se le ocurra a este hombre la peregrina idea de irse a triunfar a Hollywood), obtenemos un personaje digno de recordar.
Sebastián y Regueira representan dos tipos de delincuencia diferentes, dos formas de ver la vida que, aunque a priori parecen similares, resultan en realidad diametralmente opuestas. Sebastián es cutre, desdentado, inculto, medio tonto. Abusa de los que son más débiles que él (su tía, Raúl), pero se acojona cuando alguien le planta cara. Hasta del marido de su tía tiene miedo, el pobre. Quiere llegar a lo más alto, pero no sabe muy bien cuál es el camino. Parece conformarse cuando Regueira le viste de limpio (memorable escena la de su paseo por la calle estilo Tony Manero, con traje nuevo), o con sonreír a los socios de Regueira mientras estos le observan recelosos, sin saber muy bien si están ante un peligroso pistolero o ante un simple cretino. Con su inteligencia patética y carcelaria, no duda en intentar dejar embarazada a la hija de su jefe, para casarse con ella y blindar así de alguna manera su contrato con Regueira. Tampoco duda, para ganarse la confianza de Isolina (el nombre de la hija de Regueira), en amenazar y humillar al pretendiente de ésta, un dentista con sobrepeso que le arregla a Sebas la dentadura por orden del jefe supremo.
Regueira es de otra pasta. Elegante, más o menos educado, de vuelta de todo, con experiencia en casi todo… y sin un solo escrúpulo a la hora de manejar sus negocios y su vida. Las frases que nos regala a los espectadores de vez en cuando son tan profundas y fascinantes como las de Jack Nicholson en “Infiltrados”, de Escorsese. “Más Prozac y menos Balzac”, le dice con cariño a su hija. “Nadie tiene amigos”, a Sebastián. Y la estrella, la frase que a mi juicio debería figurar en cualquier buen tratado de filosofía: “las agallas son importantes, pero a la larga son más importantes las escamas”, también al bueno de Sebastián. Regueira se mueve entre sus socios con desparpajo, con ironía, con carisma. Es sin duda el que controla la situación, el que juega sus cartas cuándo y como le da la gana. Es Regueira el que nos proporciona esas inesperadas sorpresas, a cual más inteligente, que van salpicando la trama hasta el mismo final. Resulta imposible intuir el soberbio desenlace. Al mejor estilo de películas como “Once eleven”, “El golpe” y muchas otras, la trama nos envuelve poco a poco, hasta dejarnos clavados en el asiento con la boca abierta. Nada es lo que parece. Los personajes más anodinos pueden resultar importantes en esa cortina de codicia y falta de escrúpulos que envuelve a Sebastián sin que el pobre sea capaz de enterarse de nada.
Dos delincuentes diferentes, dos generaciones de actores para cada uno de ellos. Carmelo Gómez, impresionante, Hugo Silva, en el buen camino. Cine español que no lo parece, a tenor de lo que suelen ensalzar los despistados popes de la academia. Una película tan digna, o incluso más para mi gusto, que la tan aclamada “Celda 211”. Un canto a la esperanza, a esa esperanza que mantenemos viva unos cuantos espectadores que no comulgamos con la mediocridad creativa que suele desplegarse en nuestro cine. Queremos más películas como “Agallas”, como “Celda 211”, como “El otro lado de la cama” (para que nadie piense que sólo disfruto con películas de delincuentes). Queremos películas como ésta, que sean capaces de recuperar esa ironía que destilaban las películas del mejor Berlanga (“El verdugo”, “Calabuch”…), que se mantengan desnudas de pretensiones políticas, morales o revanchistas. Películas, simplemente, que nos hagan disfrutar de una sesión de buen cine, y que, cuando acaben, nos hagan sonreír y decirnos a nosotros mismos “que bien me lo he pasado, cuanto me he reído, y qué poco me esperaba este magnífico final”. “Agallas” es precisamente un digno representante de este tipo de películas. Os la recomiendo encarecidamente.
Lo mejor: La apabullante personalidad de Regueira frente a la inocencia de Sebastián
