El protagonista de Reflejos es un ex agente de la ley, interpretado por el veterano Kiefer Sutherland (Jack Bauer en la serie televisiva 24), que atraviesa una situación personal delicada. Sus problemas con la bebida, además de hacerle perder su empleo, le han distanciado de su mujer y sus dos hijos, por lo que debe compartir apartamento con su hermana (Amy Smart). Para intentar recuperar el control de su vida, decide aceptar un trabajo como vigilante nocturno en un viejo edificio del centro de la ciudad. Una de las plantas de dicho inmueble, antaño espacio dedicado a la perfumería y cosmética, conserva todavía un buen número de espejos de grandes proporciones, espejos que para su incredulidad (y desasosiego) parecen no limitarse a mostrar la realidad que les rodea.
Aja, miembro destacado del llamado Splat Pack (grupo de cineastas que en los últimos tiempos están reivindicando la sangre en las pantallas de cine, y del que también forman parte directores como Eli Roth -Hostel- o Neil Marshall -The Descent-), se aleja un tanto de otras películas recientes de su filmografía en cuanto al nivel de hemoglobina presente en el metraje: más escaso que en ocasiones anteriores (aunque, no se alarmen los aficionados al gore, hay un par de escenas "potentes" en ese sentido). El argumento aquí está más enfocado hacia el thriller psicológico, incluso al thriller a secas, pues buena parte del mismo lo ocupa la investigación para descubrir el origen de los inquietantes sucesos que ocurren en el lugar de trabajo del personaje interpretado por Sutherland. Sólo en su último tercio, el filme se sumerge de lleno en las aguas del terror tradicional, por decirlo de alguna manera. Y como tal, como intriga pseudo policial con algún apunte truculento, funciona correctamente.
¿Cuál es entonces el defecto de Reflejos? Que repite esquemas muy conocidos para el gran público gracias a recientes películas del mismo corte, es decir, directamente inspiradas en productos de horror oriental. A cualquiera que haya visto The Ring, Dark Water, Llamada perdida, La maldición o Retratos del más allá no le sorprenderá lo más mínimo el devenir de los acontecimientos narrados. Es más, incluso encontrará redundantes algunos elementos. Y es que ciertos recursos narrativos (los secretos del pasado que regresan tras permanecer largo tiempo en el olvido o la aparición de los sempiternos fantasmas sedientos de venganza) y estéticos (el uso del agua como espacio en el que acecha el Mal, por ejemplo) ya no causan la misma impresión en el espectador avezado. Así las cosas, pienso que urge una renovación de los tópicos de este subgénero importado del continente asiático, pues corre el riesgo de entrar en una deriva similar a la atravesada por el slasher adolescente norteamericano y terminar convertido en una vulgar parodia de sí mismo.
Lo mejor: La tensión de algunas escenas. El toque
Lo peor: La historia no sorprende.
