No lo puedo remediar, me gustan los musicales. Me gustan en general, pero si son de esos alegres, que sabes que van a acabar de la mejor manera posible y, encima, de los que de repente todo el mundo se sabe la coreografía y se pone a bailar al unísono, me gustan aún más. Me emociono con las canciones horteras cantadas por actores conocidos y me entrego a la historia sin titubeos. Será que me gusta lo absurdo, que en el fondo soy más cursi que Calimero con tutú o que es fácil hacerme feliz, pero el caso es que me gustan.
Con este denigrante currículo, es obvio que no puedo ser demasiado objetivo con “Mamma mía!”. A pesar de que la historia sea de las mil veces vista y de que los protagonistas jóvenes sean más sosos que Piqueras con depresión, ahí están las canciones de Abba y ese trío femenino y maduro protagonista que me han dado momentos para la carcajada o la sonrisa perenne.
La historia puede resumirse en unas pocas líneas. Una joven de tan sólo 20 años está a punto de casarse (¡que valor!) y decide que es hora de descubrir quien es su padre, así que les manda una invitación a tres posibles candidatos a espaldas de su madre. Evidentemente, cuando los tres individuos llegan, todo se empieza a liar.
Si hay una protagonista mayor que las canciones del grupo sueco, esa es Meryl Streep. Ha llegado un momento en el que, haga lo que haga, esta señora lo borda. Cae simpática en cuanto se lo propone, se come a cualquiera que esté a su lado en cualquier escena y encima no canta nada mal. Gran parte de la película se sostiene gracias a ella y a sus dos amigas en la ficción, interpretadas por Julie Walters (“Billy Elliot” o la saga de Harry Potter) o la más televisiva Christine Baranski, que son un verdadero terremoto y dan lugar a los gags más divertidos de la película.
Por detrás de ellas, siguiéndolas a una distancia prudencial, está el trío masculino. Mucho más comedidos, con menos presencia en pantalla pero con algún momento para el recuerdo como el comprobar lo mal que canta el pobre Pierce Brosnan, que se toma el papel con mucho humor y tirando de su flema irlandesa, o el desenlace del personaje de Colin Firth, con su habitual cara de no haber roto nunca un plato.
Aparte de esto, aún no habiendo visto la obra de teatro, sospecho que no se sale demasiado su planteamiento, llegando a veces a dar la impresión de ser la misma obra filmada en un escenario enorme, incluso con una especie de interrelación entre la pantalla y el público al final de la película a cargo de la Streep que queda bastante forzada.
En definitiva, nada nuevo aporta este musical, aunque gracias a su plantel sale un film entretenido sin más pretensión que la de hacer pasar un buen rato al espectador meneando el pie al ritmo de las conocidas canciones setenteras del famoso cuarteto sueco.
